jueves, 19 de marzo de 2009

UNA RAZÓN (C7)

UNA RAZÓN (C7)

Alguien había visto algo que no tenía que haber visto. Así de simple. Una persona en un lugar equivocado. Un error. Y los errores son como manchas que hay que limpiar. Esa era la única razón, y suficiente, para que un conciliábulo oculto decidiese acabar con la existencia de un ser humano. Pero no nos engañemos. A TM no es algo que le atormentase.

Fumaba. Lo hacía de vez en cuando. En aquel bareto de jazz del que lo habían sacado lo estaba haciendo, y no consideró necesario variar esa pequeña rutina. Tenía toda la información. Le había llegado de la manera convenida minutos antes. En ésta ocasión todo parecía ir un poco más rápido que de costumbre. Imaginaba que la organización tendría prisa por liquidar pronto éste trabajo. Le había sido entregada una nota en un parque cualquiera, que después tuvo que quemar en un callejón. Una descripción, una hora y un lugar. Escueto, pero realmente no necesitaba más.

Fumaba apoyado en la pared, y decidió hacerse el borracho. Como si estuviese esperando a que se le pasase la cogorza. Así al menos no levantaría sospechas. Por supuesto el material estaba ya preparado… pero la canción no aparecía. ¿Dónde se habría metido? El objetivo estaba a punto de llegar, pero el hilo musical que solía acompañarle en éste tramo de sus trabajos no aparecía. Se veía perfectamente capaz de hacerlo sin la canción, pero le reconfortaba tenerla ahí, inundando la atmósfera. A veces se había plateado si era una especie de redención, o de distracción para no cuestionar la dudosa moralidad de sus actos. Bueno, al fin y al cabo, eso lo pensaba muy poco y sólo era una mera hipótesis, y detenerse en ello más de la cuenta podría resultar una distracción de vital importancia.

Pasos. Ahí está. O no, quién sabe. Pasos a ritmo. Y el ritmo creó el milagro. El ritmo del prisionero libre, y anónimo que se dirige a un patíbulo desconocido, frío. Ese ritmo hizo surgir la canción en su cabeza y en su pecho. Mandaba cojones. Era una canción sin letra, de Jaques Satie. El hecho y su discordancia le arrancaron hasta una sonrisa… que duró apenas un segundo y medio.

Sí que era él. Encajaba con la descripción. Sólo necesitaba la señal y la confirmación. Todo lo demás estaba preparado. Al pasar por su lado, TM miró hacia el oscuro rincón pactado, recibió la señal, y se apresuró a susurrarle a la liebre:

-- Marcus.

En cuanto la presa se dio la vuelta, completamente confiado, y también un poco desconcertado por la situación de haber sido reconocido y llamado por un extraño borracho, el volumen de la pieza de Satie subió de volumen de manera apoteósica, casi apocalíptica, marcando el ritmo con el piano. Y la última tecla se convirtió en catillo, y el silencio posterior al final de una canción fue el mismo que reinó en ese callejón. Ni una palabra más. Trabajo finalizado. Vuelta a casa. A la mañana siguiente tendría que madrugar para acudir al trabajo tapadera que la organización le había conseguido para justificar ante la sociedad y los ojos y oídos hostiles los ingresos por sus verdaderas actividades.

Llegó a casa, y se metió en la ducha. Aún se sentía un poco extraño por la forma en que había aparecido una canción que sólo había escuchado una vez, hacía unos seis años, y de pasada. Y que se alejaba bastante del tipo de música que él solía escuchar. En el callejón le hizo casi sonreír pero, no sabía muy bien porqué, ya no le hacía tanta gracia. Mientras se duchaba pensó en el cuarteto de Jazz que había dejado en el “Port of New Orleans”. No, no solía volver a pensar en sus trabajos una vez realizados más allá de la anécdota. Eso lo hacía más fácil… si cabe.

Cuando salió de la ducha, inmerso en sus cavilaciones, TM se miró en el espejo, desnudo. Al darse la vuelta, como para contemplar la hermosura de su cuerpo (que la tenía, aunque era una belleza poco convencional) reparó, una vez más en la cicatriz de la parte baja de su espalda, justo donde estaba a punto de comenzar el bien llamado “culo”. Cualquiera, al verla, pensaría que era una cicatriz, pero TM sabía que se trataba de una mancha de nacimiento, y sólo lo sabía él. En ese preciso momento, la certeza se convirtió en incertidumbre y sintió temor al cuestionarse cómo podía estar tan seguro de ello.

Temor. Tenía hasta gracia.


* * * *

La encontró. Y no tuvo que rebuscar mucho, estaba delante de sus narices. Encontró la motivación. Encontró la razón que le había llevado a meterse en todo esto desde el principio, y tenía forma de edificio. La Residencia, por dentro, era la hostia. Nada más entrar había un recibidor, no muy grande, pero suficiente, y una mujer pelirroja de pelo largo y bastante rizado, con gafas también rojas y pecas sobre la nariz, los miraba sonriendo desde un mostrador. Parecía tener unos veintisiete años y estar encantadísima con su trabajo.

-- Buenos días a todos y a todas. Yo soy Vic.—Dijo el hombre de unos treinta y muchos años que les había recogido en la puerta de la nave industrial.—Soy el instructor jefe y sustituto de vuestra directora mientras no pueda ocupar su cargo. Como podéis ver, ésta es La Residencia y aquí podréis haceros amigos, departir, criticar y hasta ensayar, que falta os hará. Está preparada para todo ese tipo de actividades. La chica que veis tras el mostrador de la recepción es Hanna. Ella estará ahí para lo que necesitéis y os servirá de enlace con la organización del HDP mientras no haya nadie de nosotros. Ahora os dejaré tranquilos que exploréis y que os conozcáis. Los horarios de comidas están expuestos en aquel tablón y son inamovibles, ¿de acuerdo? Es una cuestión de disciplina. Os espero esta tarde en la nave industrial a las cinco en punto para proseguir con las pruebas de selección. Gracias y suerte a todos.

Dicho esto, Vic se fue por la misma puerta por la que entraron y, tras unos segundos de silencio inicial, aderezado con cierta tensión, comenzaron todos a hablar entre ellos. Carol ya estaba hablando con Ryan y parecían ambas bastante entusiasmadas, y ahora a Robbie no le parecía incómodo entablar amistad con nadie. Con una media sonrisa, comenzó a otear la estancia, en busca de alguna mirada cruzada que le diese un poco de confianza. Al fin y al cabo tendría que pasar con la mayoría de ellos mucho tiempo, las veinticuatro horas del día juntos. Tenía gracia, porque la situación le recordaba un poco a estar en el Rouge intentando ligar, pero la intención era bien diferente.

Buscó entre las caras, las miradas, los gestos e incluso las voces y, de repente, como vienen los puñetazos en las peleas callejeras, la sonrisa se borró. Una pesadilla. No. Esto no podía estar pasándole a él. Ricky. El desalmado al que solo conocía de una noche pero que le robó… ¿el corazón? No, la dignidad, aquella última noche en el Rouge. ¿Cuántas probabilidades había de encontrárselo otra vez en su vida si se había metido en un proyecto en Nueva York, lejos de Lakeville, que le requería aislamiento parcial?

Sintió el impulso de pellizcarse, para ver si estaba dormido, pero estaba muy claro lo despierto que estaba y lo horrible que era la realidad y la mala jugada que le tenía preparada. “Bueno”, pensó al fin, “no pasará nada. Al fin y al cabo son nos conocemos y no supone nada para mí. Peor sería que me encontrase con…”

-- Vaya, esto va a ser más difícil de lo que me imaginaba.

Vacío. Un hueco en el estómago. Sintió también un ardor tremendo en la cara y por detrás de las piernas cuando escuchó aquella voz a sus espaldas… siempre a sus espaldas, como en los viejos y oscuros tiempos. Sin emitir ningún sonido, Robbie se volvió sobre sí mismo lentamente, como si lo estuviesen encañonando con una pistola, pero con los brazos fláccidos a ambos lados del cuerpo. Como su humor, como su ánimo. Totalmente fláccido y lacio. Se le quedó mirando. No podía hacer nada más. Se le quedó mirando. El hueco en el estómago creció hasta convertirse en un agujero negro que lo estaba engullendo. Y todas éstas reacciones internas tuvieron un claro reflejo externo, y una lágrima más grande que un planeta y más brillante que una circonita surcó su cara petrificada y marmolea (por fría y blanca)

Correr. Un primer impulso, y como su cuerpo sabía que la primera impresión es la que cuenta, decidió hacerle caso y ponerse a trabajar. Corrió todo lo deprisa que pudo, llorando en silencio, hasta la puerta de salida de La Residencia. Al entrar en contacto con el “aire puro” de Nueva York, y con todo el bagaje emocional que llevaba, se puso a vomitar como un quinceañero borracho ahí mismo. Carol no tardó en aparecer menos de tres minutos, cuando ya estaba sentado con la espalda apoyada contra la pared, las piernas encogidas abrazadas por sus delgados pero fuertes brazos, y hecho un mar de lágrimas.

-- ¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado? ¿Te encuentras bien?—A la última pregunta de Carol, Robbie contestó con una mirada irónica y dura, como queriendo decir “¿crees que estoy bien?¿es éste tu concepto de estar bien?”—Ya, igual no. No me preocupes, Rob, no te dejes llevar por la ansiedad. Hemos luchado mucho para estar aquí, y nos queda aún el último tirón. Tenemos que ser fuertes. Juntos lo vamos a hacer. Juntos siempre lo hemos conseguido todo.

-- Está aquí.—Consiguió decir después de tragarse todo el miedo, la rabia y la frustración, a la vez que la saliva y los restos de vómito. Carol lo entendió. No hacía falta que dijese nada más. No entendía nada más allá, ni cómo, ni porqué, pero comprendió que Curt, el gran fantasma del pasado reciente de Robbie, y el más negro, había regresado en forma de compañero en el HDP. Carol no tuvo más opción que sentarse junto a él y abrazarlo. Abrazarlo como cuando eran pequeños, recién conocidos, y encerrados en la oscuridad del armario de Carol temían que llegase un monstruo.—Pero, ¿sabes qué?—Dijo Robbie con otra voz, casi irreconocible a juzgar por su estado segundos antes—En una cosa tienes razón. Estamos juntos y esto también lo vamos a superar juntos.

Carol le abrazó más fuerte, Robbie correspondió su abrazo, y ella derramó unas cuantas lágrimas sobre la sudadera de él. Juntos, abrazados, lloraron en el suelo, junto a la puerta de La Residencia, durante algunos minutos, poco importantes en cantidad, bastante más en espíritu. Volvieron a ser los niños de antaño, pero con razones para acabar con los monstruos, siempre juntos.

jueves, 12 de marzo de 2009

LA FUERZA DEL DESEO (c6)

LA FUERZA DEL DESEO (T1/C6)

Decepcionante. Ese era el adjetivo que se le vino a la cabeza a Robbie cuando bajó del taxi y comprobó que el edificio que correspondía a la dirección marcada por la organización del HDP era el de una nave industrial con un aspecto exterior bastante cutre. En cambio el rostro de Carol rebosaba ilusión. Ella tenía la maravillosa cualidad de sacarle el lado bueno a todas las cosas. Hubiera sido capaz de convertir el desastre del huracán Katrina en una mera llovizna si hubiera estado al frente de las labores de falsificación de informaciones que tuvieron lugar por aquel entonces.

Había varios grupos de chicos en la puerta del local, charlando entre ellos. En total no llegarían ni a veinte chavales, casi todos con edades comprendidas entre los dieciocho y los veinticinco años, edades límite para optar al proyecto. El HDP se había lanzado a convocatoria pública de bailarines y bailarinas de todo el territorio de los EEUU.
Era la mayor acción empresarial privada en cuanto a promoción artística se refería en aquel momento. Todos los bailarines de costa a costa del país habían estado hablando de ello y movilizándose para entrar desde que salió a la luz, y Robbie sabía que eso era lo único que debía importarle, pero no dejaba de pensar "¿Aquí vamos a bailar?"

En mitad de sus divagaciones, no se dio cuenta de que se había quedado solo. Carol se apresuraba, cargada de maletas y bolsos de deporte a unirse al pequeño grupo de cinco chicos que hablaban más cerca de la puerta. Con un suspiro, y cierto cosquilleo en el estómago, Robbie decidió seguirla, seguro y experimentado de que, en éste tipo de situaciones, Carol perdía todo sentido de la madurez, aunque curiosamente la que solía hacer de madre en sus vidas cotidianas era ella; una de las múltiples paradojas que orbitaban en torno a su amistad desde hacía muchos años.


-- Mira, Robbie. ya hemos hecho amigos. ¿Ves como esto no iba a ser tan complicado? Ellos son Sean, George, Will, Kevin, Ryan y Martha.-- Dijo Carol, con cierto tono encubierto de disculpas, porque sabía que lo había dejado solo a la salida del taxi, como los niños intentan dejar a los padres nada más entrar en Disneylandia.


Robbie movió la cabeza y esbozó una leve y forzada sonrisa a modo de saludo cordial. Esas cosas no le salían bien. Y después añadió:


-- Bueno, yo lo que quiero es saber de qué va a ir todo esto y ponernos a bailar después.

-- Como podéis ver, mi compañero es la viva imagen de la alegría y la educación.

-- Es normal.-- Contestó Ryan tras una pequeña carcajada-- Todos estamos un poco nerviosos. Esto es demasiado nuevo.

-- Bueno, no se refiere al edificio, claro. ¿Verdad, Robbie?-- El comentario del tal Will pretendía ser amistoso, pero a Robbie le hizo tanta gracia como si le aplicaran descargas eléctricas en un testículo.


Debió de notarse mucho, porque Carol cogió a Robbie del brazo, lo apartó del grupo y le increpó en voz baja:


-- ¿Se puede saber qué coño te pasa?

-- ¿Qué le pasa a ese? ¿Se cree que está en un show de monólogos? ¿O que es mi amigo de toda la vida? No le debo nada a nadie, ¿sabes?

-- Si has venido para estar con esa cara y esa actitud los dos meses que dura esto, ya sabes lo que tienes que hacer, porque hay millones de chicos y chicas que se han quedado fuera para que tú puedas venir y mearte en todo esto.

-- No es eso. Es sólo que... mira. Parece que en vez de ponernos a bailar nos van a poner a coser balones y zapatillas deportivas.


Carol no tuvo tiempo de contestar. Se abrió la enorme puerta metálica y apareció un señor con pantalones vaqueros y camiseta azul marino del HDP que les indicó a todos que podían pasar. Después fue engullido por la penumbra. Carol tenía un brillo en los ojos que sólo aparecía contadas veces en su mirada, y que conseguía iluminar, no sólo su cara, sino toda su presencia. A decir verdad, y aunque le costase admitirlo, a Robbie también le embargó un cierto deseo de ilusión. Y más aún, toda la incertidumbre que rodeaba al proyecto, el sitio, los compañeros, hacía que su deseo estuviese todavía más vivo.

Durante el tiempo que tardaron en abrir la puerta y la conversación con los compañeros, habían ido llegando más chicos y chicas. Esto les mosqueaba a todos un poco, porque se suponía que el proyecto sólo acogería a dieciocho bailarines, a los cuales, además de una meticulosa formación en todas las áreas de la danza, se les daría la oportunidad de entrar con garantías, recomendaciones y todos los honores en el mundo laboral; en el mercado artístico. Y eso, tratándose de una ciudad como Nueva York, eran palabras mayores. En esa nave había como unos cincuenta chavales con pinta de haber acudido a lo mismo y a nadie le salían las cuentas. Había focos en el techo, en una especie de peine bastante bien montado. En las paredes había todo tipo de carteles: "vestuarios" "salas de ensayo" "cafetería" "oficinas", etc. A Robbie le costaba creer que todo eso estuviese por allí, pero tenía que reconocer que el sitio parecía mucho más pequeño por dentro. Y mucho mejor montado. Alrededor del espacio diáfano del centro había dispuesto un graderío con una capacidad aproximada de unos ciento cincuenta espectadores. Nadie le había dicho que tuviesen que bailar con público, pero eso era algo que, en realidad, le gustaba aún más.


-- Buenos días aspirantes. Mi nombre es Hellen Steinberg.-- La voz sonó como de la nada, pero se dieron cuenta al poco, cuando consiguieron callarse al fin, de que venía de los altavoces que había dispuestos por todos los rincones.-- No miréis a los altavoces. No estoy dentro. Mirad a la parte superior de la puerta por la que habéis entrado. Eso es. Parece que nadie se había percatado de que hay una pasarela aquí, ¿verdad? Pues aquí estoy.-- Hellen era una mujer muy rubia, con los ojos celestes, altísima y delgada, y el pelo corto. Tan corto que se hubiese podido confundir con un chico si no fuese porque también tenía un buen par de tetas. A Robbie le pareció que contaba con unos cuarenta años, pero muy bien llevados.-- Me reconoceréis por las pruebas de selección. Soy la directora del proyecto y os quiero dar la bienvenida. Los que aguantéis, será aquí donde pasaréis la mayor parte del día durante al menos dos meses. Ahora sois cincuenta y siete y os vais a poner a bailar, porque cuando toque a alguien quiero que, sin rechistar, coja sus cosas y se largue. El objetivo es tener a treinta y seis cuando pare la música.


-- Pero, ¿cuánto...?


-- El que diga una palabra más será el primero en irse sin bailar siquiera. Música.


Y comenzó a sonar "What a feelin'" Todo el mundo intentó arrinconar sus maletas en las paredes y ponerse a bailar lo más rápido posible. A lo largo de veinte interminables minutos de música dance, clásica, funky e incluso hip-hop, habían bailado frenéticamente y no se habían preocupado de otra cosa. A Carol le recordó al segundo casting, cuando los pusieron a bailar en grupos de cinco alrededor de un coche de manera improvisada. Efectivamente, sólo quedaban treinta y seis, y se abrazaron y felicitaron los unos a los otros al comprobar que habían sido seleccionados.


-- Me alegra que estéis contentos, aunque mi cara diga lo contrario, ¿vale?. --Hubo risas tras el comentario de Hellen Steinberg-- No era un chiste. Ahora podéis coger vuestras cosas. En la puerta del local os espera alguien que os llevará hasta la residencia en la que viviréis durante los próximos dos meses. Bueno, muchos de vosotros menos, no nos engañemos. Buenos días y hasta que nos volvamos a ver.-- La Steinberg desapareció por la puerta que daba a las oficinas y la enorme puerta metálica de salida se abrió, dejándolos a todos un poco cegados por la luz del sol, que entró de manera tan repentina. Aunque desde hacía más de media hora todo estaba siendo bastante repentino e inesperado... y eso era algo que les estaba gustando a todos, como se reflejaba en sus caras.


A la salida del local había un hombre de unos treinta y pocos años que les condujo a la parte trasera de la nave industrial donde había un edificio bastante más cuidado:
La residencia. Carol y Robbie ardían en deseos de entrar. No en la residencia, sino de entrar en todo lo que esto significaba. Y querían hacerlo ya.


* * * * * *

Se sentía demasiado rara. Definitivamente, ese no era su sitio. Y no es que tuviera ningún sitio, porque Ida ya hacía mucho tiempo que había dejado de tener ningún lugar.
Pero en el espectro de localizaciones en las que solía moverse desde hacía muchos años, no entraba una cafetería, al menos para sentarse con una chica a tomar tranquilamente un
café, como una burguesa cualquiera. La muchacha en cuestión, la desconocida de Central Park, estaba delante suya, dándole tantas vueltas a su té con la cucharilla que Ida hubiera
jurado que la infusión iba a ponerse a vomitar del mareo de un momento a otro. De hecho, el tintineo de la cuchara con la taza estaba empezando a ponerla bastante nerviosa.

-- Para ya, niña, que pareces un coche de caballos con tanta campanilla. Si no te tomas el té enseguida te va a suplicar él mismo que lo hagas.

-- Lo siento.-- Replicó la chica algo avergonzada.

-- Y para de eso también. Me has pedido perdón en la última media hora como doce veces por doce tonterías diferentes. No necesito tantas explicaciones. Mírame ¿Crees que soy de las personas que puedan pedir explicaciones?

-- Puede que todo el mundo se merezca una explicación.-- Y, como si esto hubiese hecho saltar un resorte, la muchacha comenzó a llorar en silencio.


Ida suspiró, puso los ojos en blanco y después se le quedó mirando, como esperando a que parase de llover. En realidad, lo que estaba pensando distaba mucho de una cuestión meteorológica. Ida no sabía quién era esa chica, ni qué la había llevado a deambular por Central Park, ni porqué le había pedido ayuda, ni qué tipo de ayuda esperaría de una mendiga de su edad (dudaba que hubiese montado todo ese pollo para sacarle una pulsera y unos pendientes gratis), ni siquiera de porqué la había llevado a un café en el que llevaban unos diez minutos sentadas una frente a la otra sin pronunciar apenas ninguna palabra. Al menos lo que parecía claro es que necesitaba hablar, pero entonces ¿por qué no decía nada? Y lo más inquietante para Ida, ¿porqué no se había levantado ya y la había dejado sola mareando el té con la cucharilla?

-- ¿Le has hecho daño a alguien, chica? ¿Drogas? ¿Has matado a tu marido porque te pegaba? ¿Huyes de la policía? ¿De la mafia? Ah, no. ¿Te prostituíste anoche por primera vez y te sientes sucia? Pues vaya problema... Mira, sea lo que sea, no tienes porqué darle explicaciones a nadie. Así de simple. Tu vida es tuya.

-- Pero cuando implica a los demás...

-- Sigue siendo su vida y que la solucione como pueda, que tú sigues con la tuya.


La chica le dió su primer sorbo al té y se quedó pensando. Después miró a Ida directamente a los ojos, como hacía más de media hora que no hacía.


-- Está frío.-- Dijo tras un silencio que podía haber precedido a la confesión del gran secreto del mundo, pero que acabó en esa trivialidad aparentemente sin ninguna
importancia.

-- No te jode... Pues claro.

-- No tengo amigos aquí.

-- Qué coincidencia...

-- Me refiero aquí en Nueva York. Llevo poco tiempo. Bueno, y creo que tampoco los tengo en ningún otro sitio.

-- Pero, ¿tú crees que es lo más normal buscarlos debajo de un puente del parque más grande de la ciudad? La gente, para hacer amigos, se va a los bares, o a... – Ida cayó en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no sabía como podía una persona corriente hacer amigos. Cómo se tejía ese entramado de relaciones que van surgiendo poco a poco como de la nada y por casualidad, y que acaban convirtiéndose en parte de la vida de ambas personas, o de un grupo. Recordó lo importante que era la amistad para las personas corrientes... y por lo tanto se dio cuenta una vez más de lo poco corriente que era ahora ella. No tenía amigos ni los necesitaba. Eso, cuando tu único objetivo es despertar una mañana más, pasa a un plano mucho más secundario. Queda enterrado en los recuerdos como un trapo viejo al fondo del armario. -- Vuelve a casa y relájate, chiquilla. Verás como durmiendo un poco lo ves todo de otra forma. Y si no, pues sigue adelante con lo que tengas, que seguro que pase lo que pase hay cosas peores.


-- No tengo casa aquí.

-- No me digas que has venido buscándome para que te haga un hueco social entre los mendigos de Nueva York, porque eso ya sería la monda.

-- No hace falta que seas irónica.

-- Me importa poco si hace falta o no. Lo soy, y punto.


La chica abrió la boca como para esbozar una disculpa, pero Ida levantó el dedo sin nisiquiera mirarla con un gesto que dejaba entreleer la frase "ni se te ocurra".


-- Bueno, ¿dónde has pasado la noche y dónde piensas pasarla?-- Dijo Ida, a sabiendas de que se estaba arrepintiendo de su acceso de curiosidad en el mismo momento de pronunciar esas palabras.

-- Llegué hace dos noches a una pensión, aquí en Manhattan.

-- Bueno, eso es un cierto alivio.

-- ¿Sí?

-- Al menos para mí sí. Así ya sé que no tengo que cargar contigo como un perro abandonado en la cuneta de la carretera.

-- No tienes porqué hacerlo. Hablas como si te hubiese pedido que me salvases la vida o estuvieras en deuda conmigo. No tienes ni que estar aquí sentada conmigo si no quieres.

-- Creí que no lo ibas a decir nunca. Que te vaya bien.-- Y así Ida se levantó y dejó un par de monedas (de las pocas que tenía) encima de la mesa.

-- ¡No! ¡Espera! ¡Espera por favor!-- Ida seguía caminando hacia la puerta del café.-- No me hagas caso. Lo he dicho sin pensar.-- Se encontraban ya en la calle.-- te pediría perdón, pero sé que te iba a gustar aún menos.-- Mientras andaban, Ida había asentido con la cabeza a esa afirmación, siempre dos pasos por delante de la muchacha desconocida.-- ¡Maldita sea! ¡¿Es que nadie va a ayudarme?!

-- Mira.-- Dijo lentamente Ida mientras se paraba en seco y se volvía hacia la chica.-- Es la segunda vez en una hora que me gritas, y hay mucha gente en ésta jodida ciudad que sólo ha tenido oportunidad de hacérmelo una vez en su vida. Tú llevas dos en una mañana. Si crees que tienes mala suerte piensa en ello y siéntete afortunada.—La chica la miró sin saber bien qué contestar.-- Ahora sí.-- Respondió Ida como leyéndole la mente.

-- Ah, bien. Pues lo siento mucho.


Se quedaron mirando y, mientras la chica soltó una tímida risa nerviosa, Ida rompió en sonoras carcajadas.


-- ¿Me acompañarás a la pensión? No quiero estar sola ahora mismo. Te pagaré.-- Se apresuró a decir la chica.

-- Empezamos a entendernos, ¿sabes? Porque en el tiempo que llevo perdido contigo podría haber ganado dinero, ¿sabes? De cualquier manera.

-- Y, ¿tú no tienes deseos? ¿Aspiraciones?

-- No. Aquí abajo, en el fondo de la mierda, no hay lugar para eso. Eso es para los que tienen alguna posibilidad. Aquí sólo existe la posibilidad de seguir malviviendo.

-- Eso nunca se sabe. La vida da muchas vueltas, como suele decirse.

-- Permíteme que lo dude, Candy Candy. ¿Por dónde queda la pensión?

-- Por aquí.


Y comenzaron a andar por las calles de Manhattan, seguras de haber comenzado algo. No sabían el qué, pero algo. Ese día, desde ese preciso momento, sería una efeméride en la historia de ambas.

jueves, 6 de noviembre de 2008

CONTACTO (T1/C5)

Se acercaba la hora del almuerzo y estaba bastante contenta. Ese día había recaudado bastante vendiendo pulseras y pendientes junto a una de las fuentes del parque. La mayoría, a parejas de jovencitos, adolescentes casi todos, que no tenían dinero para permitirse regalos en condiciones o que les parecía más romántico lo artesanal del producto. Le daba igual. A Ida lo único que le importaba era que había sacado 17 pavos esa mañana en menos de tres horas sin moverse del sitio, y aún le quedaba material para seguir trabajando después de comer. Porque una cosa estaba clara en la mente y el estómago de Ida: Iba a comer enseguida.

Recogió sus cosas, se echó la mochila a la espalda, una espalda algo maltrecha pero aún resistente, y se marchó dirección al puesto de perritos calientes.

Por el camino le gustaba, normalmente, pararse a mirar cosas. Cosas sin significado aparente, como las que solía ver. Sobretodo a gente, e inventarse sus historias. Un señor paseando con su esposa y su niña pequeña podía convertirse en su mente en un asesino en serie con una vida ejemplar cara a la galería, o una jovencita haciendo footing podía ser bailarina de streapteasse de noche en cualquier antro, o un joven fumando porros en un banco apartado de la multitud podía ser, el resto de la semana un broker millonario. No era tan descabellada toda ésta verborrea mental. Ya había visto transformaciones similares en todos los años que llevaba en la calle, observando, como la cámara de seguridad vieja de la que los guardas se han olvidado y que nunca revisan, pero que sigue grabando.

En su camino hacia el sempiterno puesto de perritos calientes, pudo oír algo. No lo vio, lo oyó, que era otra cosa que a Ida también se le daba bastante bien. Oyó sollozos y, aunque por lo general no se hubiese parado a comprobar su procedencia, ésta sí lo hizo. Por una mezcla de aburrimiento y curiosidad que no solía darse en el comportamiento de Ida, pero que de vez en cuando afloraba.

Siguió el sonido de los sollozos y llegó justo debajo de un puentecito de los muchos que había por esa zona “como sea otro mendigo me largo” pensó. Pero la verdad es que no lo parecía. Era una chica joven, bastante guapa. Ella pareció oír cómo Ida se había acercado porque levantó su empapada mirada hacia la mendiga y, durante un rato, un corto espacio de tiempo, se quedaron mirando la una a la otra en medio de un marco bucólico y una situación ridícula.
-- Eh... Lo siento, ya me voy. Sólo pasaba...
-- ¡No! No se vaya por favor. La verdad es que necesito hablar con alguien.
-- Ya, pero no es lo que yo necesito. La que, evidentemente necesitas hablar con alguien eres tú. Yo no tengo nada que ver. Lo siento, adiós.
-- De verdad, espere. Llevo horas aquí y no he parado de llorar...
-- ¿De veras? ¿Quién lo diría? – Contestó Ida, o más bien su sarcasmo, sin dejar de darse la vuelta – me voy.
-- No. No quiero que se vaya. Quiero que alguien me escuche. Por el amor de Dios, ¡¿es que no va a pararse, joder?!

Ida frenó. Se dio la vuelta lentamente con los labios apretados y los ojos entornados y miró a la chica directamente a los ojos (cosa que no solía hacer) y con el dedo levantado (cosa que hacía bastante a menudo) y replicó de manera clara, lenta y amenazadora.

-- No sé quién eres, ni de dónde vienes, ni adónde vas, nada de nada. Y por eso mismo no te trato de ninguna manera, cuanto menos en ese tono, porque aunque sea una mendiga merezco todo el respeto que tu puñetera cabeza enferma ni siquiera puede llegar a imaginar. ¡Buenos días!
-- Disculpe. – La chica se había quedado perpleja.

Mientras Ida se daba la vuelta y continuaba su camino, la chica intentó balbucear algo más, pero no le dio tiempo. La vista se le nubló y cayó desvanecida en un charco que había bajo el puentecito de madera.

Ida lo oyó, se dio la vuelta y pronunció un leve “mierda” que anunciaba que, quisiera o no, iba a ayudarla.



* * * *


Esbozó una media sonrisa al ver lo que las noticias habían dicho acerca de su trabajo. No una carcajada; hacía demasiado tiempo que se había olvidad de cómo sonaba su propia risa. Puede incluso que la última hubiese sido cuando le cambiase la voz.

Según la presentadora de informativos, se trataba de un ajuste de cuentas por parte, “presuntamente” (mágico término expiatorio), de una banda de la mafia rusa con la que el cabeza de familia había mantenido contactos y negocios fallidos. Lo cual, evidentemente era mentira, pero nadie se atrevería a contradecir esa verdad. En cuanto la mafia rusa comenzase a investigar para saber quién estaba detrás de esos asesinatos y les estaba cargando el muerto, se toparían de bruces con la punta del iceberg de la verdad más aterradora, y eso sería más que suficiente para cerrar cualquier boca.

Después, TM cambió de cadena, pero apagó rápido la tv. No la usaba más allá que para ver lo que decían las noticias sobre los trabajos que le encargaban y para pasar el rato durante las comidas en su tosco apartamento de Prospect Palce, y ya había terminado de cenar.

TM tenía muy pocas aficiones. De hecho, se podía decir que sólo tenía una. Escuchar jazz en directo. El jazz no era un estilo de música que a TM le gustara escuchar en un cd en la soledad de su apartamento, ni mucho menos para divertirse. Sólo le gustaba escucharlo en directo, y él sabía de muchos lugares en Manhattan en los que era más que posible darse ese caprichito por un precio razonable.

Salió del apartamento y caminó unos diez minutos hasta la boca de metro más cercana. Mientras cogía el tren, recordó cuando hace años comenzó con esto. Uno de sus mayores problemas no era la conciencia ni ninguna de esas mierdas. Sólo se planteaba si era mejor vivir en el mismo Nueva York o en las afueras, en la periferia como muy cerca. En definitiva, cuál era la mejor forma de burlar las investigaciones de la policía, ya que viviendo fuera tendrían que ir más lejos para buscar, pero Nueva York es una ciudad lo suficientemente grande como para perderte cien veces al día sin dejar ni rastro... si sabes bien cómo hacerlo. Finalmente se dio cuenta de que no tenía porqué preocuparse de ese tipo de cosas, ya que la misma organización lo haría por él. Daba gusto trabajar para auténticos profesionales. Era como jugar en primera división.

En poco más de media hora se encontraba ya ante la puerta del tugurio elegido. El sitio no era el bar del Ritz, precisamente, pero no le importaba. Sólo quería una cerveza de importación y una buena sesión de Jazz en directo. Traspasó las puertas de madera y caminó sobre la moqueta verde hasta una especie de balconcito o platea medio metro elevado en el que le encantaba ponerse, cerca del escenario, que estaba situado justo al lado de la puerta. Era curioso, porque en la mayoría de sitios, el escenario está más o menos al fondo, pero en éste caso, el escenario se encontraba nada más entrar a la derecha, y el sitio de TM, nada más entrar a la izquierda. La barra un poco más adelante a la derecha, un espacioso salón al final y, poco antes de llegar al espacioso salón, a la izquierda, la puerta de los servicios, que también daba al pasillo que daba acceso a los reservados.

El cuarteto ya había empezado a tocar “Alabama”, un tema que no era especialmente del agrado de TM, pero que no le disgustaba lo más mínimo. Al poco tiempo sonó el móvil. Una agitación proveniente del fastidio recorrió sus venas, arterias y capilares, como una marea de rabia asesina controlada y licuada por sus vías sanguíneas para no mandarlo todo a tomar por el mismísimo culo. Otra reunión para otro trabajito urgente.

Y pensó: “Joder, uno ya no puede ni esparcirse tranquilo, para una afición que tengo”. Y, sin más, se levantó, pagó su cerveza dejando una discreta propina, y se dirigió hacia la puerta camino de la dirección en la que le esperaba el contacto.

“Otra noche será”

viernes, 16 de mayo de 2008

DESTINO: NUEVA YORK (T1/C4)

El golpe del auricular contra la esquina de la mesa le devolvió un poco de cordura, la cual había ido perdiendo poco a poco en los últimos minutos. Llevaba horas, demasiadas, intentando localizar alguna pista o rastro que lo llevara a ella, pero siempre había llegado a la misma meta: Silencio.

Lo había hecho por inercia. Casi no se había dado cuenta de que era él mismo (o la consecuencia de su ira) quien había lanzado el citado auricular contra la mesa de madera recién comprada para estrenarla después de la boda al comprobar que, tanto el teléfono fijo como el móvil de ella estaban desconectados. Las pocas llamadas que sus amigos más cercanos habían contestado arrojaban unos inquietantes y genéricos “Nosénada.Losiento” que se clavaban como esquirlas a la vez en su mente, en su corazón y en los resultados de su búsqueda. Porque una cosa tenía clara; tenía que encontrarla.

Al llegar a la puerta de su apartamento se dio cuenta de que iba a ser en vano llamar al portero. Nadie iba a contestarle, teniendo en cuenta que en la ventana había un cartel que ponía “Se vende”. Tampoco le iba a servir de nada llamar al número que aparecía en el cartel, porque era el de una inmobiliaria. La condenada lo había hecho bien. Había puesto en venta su apartamento de soltera y le había dejado toda la gestión a una inmobiliaria para que no molestaran... ni la encontraran, claro.

Decidió, de todas formas, llamar a la inmobiliaria, quemando el último cartucho, desesperado, creyendo que quizá ellos podrían darle alguna información sobre la chica que les vendió ese apartamento. “Lo sentimos, Señor Bakker, pero esa información, además de ser escasa, es confidencial. Buenos días”. Vaya suerte. Sabía que no le iban a dar la información que precisaba, pero además le había respondido la agente más graciosa de todas, por aquello de “...además de escasa...”. Bueno, en el fondo no le había venido tan mal, algo de insano humor, de ironía a todo esto. A su búsqueda. ¿Acaso no era todo lo que le estaba pasando una ironía en sí misma?

Se encontró a media mañana tumbado en el suelo de su sala de estar, con la moqueta rozando los talones y los dedos de los pies. Mentalmente agotado, pero con convicción. Intentando encontrar una respuesta, aunque fuera en el blanco impoluto del techo de la sala. También recordó que ella le había dicho que lo pintarían de amarillo después de la boda, porque el blanco le resultaba “demasiado standard”. Al cabo de una media hora, tuvo una revelación y, como es costumbre, estas cosas hay que contarlas. Se calzó, cogió las llaves del coche, y condujo hasta casa de Mitch.

-- ¡Hombre! ¿Cómo estás? Ayer te quedaste en tu casa un poco hecho polvo. – Mitch había abierto la puerta en calzoncillos y absolutamente despeinado. Greg sintió el reparo de haberle pillado, quizá, en una actitud más que cariñosa con alguna mujer, y se sonrojó un poco.

-- Eeehm... ¿Te pillo en mal momento?

-- ¿Qué? ¡Ah, no! No te preocupes. Sólo estaba durmiendo. No tenía nada entre manos, ya me entiendes.

-- ¿Estabas durmiendo a éstas horas?

-- Te recuerdo que ayer te casabas, huiste de la boda sin dar explicación ni tomar medidas, soy el padrino, y tú llevas desde ayer con los teléfonos desconectados y sin recibir visitas. ¿Quién te crees que tuvo que ir a ayudar a tus padres a deshacer todo el lío que había montado? Me he tirado toda la noche hablando por teléfono y desconvocando una boda por sorpresa y a la carrera.

-- Oh, joder, Mitch. Lo siento, de verdad.-– Dijo Greg mientras cerraba los ojos y apoyaba la palma de la mano en la frente, a modo de disculpa.

-- No te preocupes, hombre. Tú no estabas en condiciones de hacer nada. Y pasa, que te va a ver alguien. Y ahora mismo una imagen tuya vale más que la de Brad Pitt cagando en la playa. – Mitch y su incombustible y particular sentido del humor...

El ritual al entrar en casa de Mitch llevaba muchos años siendo el mismo: zapatos junto a la puerta, parada en la nevera para coger una cerveza o una cola (depende de la hora), recorrido hacia el salón de ornamentación puramente oriental y sentarse en el suelo mientras él ponía algo de música, por lo general, tranquila (también dependía de la hora y del momento, claro) En este caso puso un grupo de género indescriptible para Greg. Al ver su cara de extrañeza, Mitch se apresuró a aclarar:

-- Sí, suena raro, ¿eh? Son “Herman Düne”. Un grupo de pop europeo que está mezclado, creo, con algo de country. Lo descubrí por casualidad la semana pasada dando vueltas por Internet y me llamó la atención. Ya sé que no es mi estilo de música, pero me resulta curioso. Éste tema me da muy buen rollo. Se llama “1,2,3 apple tree”.

“Pues bueno”, parecía decir la cara de Greg, que ya se había sentado en el suelo con una cerveza en la mano. Mitch tenía la suya sin abrir junto al equipo de música, donde también estaba de pie, hablando con Greg. Y preguntó con un movimiento de cabeza y hombros “¿Y bien?”

-- No está en Lakeville, tío.-— Respondió Greg rápidamente.

-- Bien, Einstein. Normal. Ésta ciudad no es tan grande como para esconderse de un marrón como el que ha liado nuestra querida amiga. Ahora hay que saber dónde coño está. Pero mira, Greg, yo te aconsejaría que pasaras del tema y...

-- Nueva York –- interrumpió Greg.

-- ... ¿cómo?

-- Está en Nueva York. Estoy seguro. No me preguntes porqué, pero lo sé. Lo he sabido hace media hora en mi casa, mirando al techo.

-- A ver, Greg. Mirando al techo puedes saber muchas cosas, como que tienes humedad en la buhardilla, o que te gustaría pintar el techo de amarillo, o que tienes una bombilla fundida... pero nada de saber dónde se esconde la chica con la que ibas a casarte veinticuatro horas antes y que ha desaparecido. Eso no lo pone en el techo de tu casa, Greg.— Mitch parecía bastante seguro y elocuente con sus palabras. Pero Greg estaba bastante decidido.

Se levantó, le dio un trago a la cerveza, la dejó junto a la de Mitch, le dio un beso en la frente y se encaminó hacia la puerta, donde estaban sus zapatos.

-- Lo sé.-— Dijo mientras se ponía los zapatos y abría la puerta.

-- ¡No me jodas!-- Contestó Mitch, por una parte porque no podía creerse que fuera a buscarla a Nueva York por una simple corazonada mirando el techo, y por otro lado porque sabía que quedaba mucho por hacer en lo del asunto de la boda y no quería hacerlo él sólo. Vio a Greg subirse en su coche mientras le dedicaba una melancólica sonrisa y decía adiós con la mano, y Mitch sólo pudo decir, muy bajito, casi imperceptible, para sí mismo.-— Buena suerte, colega.


* * * *

“People” de Barbra Streisand, sonaba en el equipo de música de Robbie. Él había empezado a bailarla, pero al poco se sorprendió, simplemente, haciendo el playback sentado en el suelo abrazándose las rodillas, con la espalda apoyada en la pared y llorando.

Robbie no era el típico gay seguidor acérrimo de la Streisand, pero sí que a veces creía que vivía en un musical, y que hacer el playback de alguna canción, en un momento dado, si era la canción adecuada, podría regular y optimizar cualquier estado de ánimo. Y en ese momento sonó el timbre del telefonillo. “Abre, maricón.” Inconfundible; era Carol. A los dos minutos ya estaba el torbellino invadiendo el pequeño apartamento de Robbie, y contrastaba mucho con la música de fondo, que era el “Tell him” de Barbra y Celine Dion. Carol cambió inmediatamente el CD alegando: “Maricón, pero si hemos odiado a las dos a muerte siempre toda nuestra vida”

A veces a Robbie le daba la impresión de que Carol no era ni hombre ni mujer. Era, simplemente, un maricón más. Ese género que había llegado a ser independiente. Y justo cuando estaba cambiando a Vonda Shepard, Carol miró extrañada a Robbie a la cara y dijo:

-- No jodas. ¿Has estado llorando? ¿Y eso?

-- ¿Y a ti quién te ha dicho que he estado llorando? A ver, ¿por qué iba yo a llorar?

-- Hombre, pues no sé, pero tienes los ojos como tomates y estaba puesta Barbra Streisand. Ya me contarás. Blanco y en botella. ¿Qué coño te pasa ahora?

-- Ay... Me has pillado. Pues lo de siempre.

-- ¿Curt? ¿Todavía? ¡Venga ya!

-- ¡No! Bueno, sí. Todo ha empezado con otro, pero se resume a lo mismo. Parece que llevo un repelente de novios. Como los de mosquitos, pero con hombres.-– Robbie cayó en la cuenta de que Carol le estaba escuchando sólo a medias y decidió dejar de contarle nada, porque era como explicarle el método de Descartes a una niña de tres años.-- ¿Qué pasa?

-- ¡Joder! Creí que no ibas a preguntármelo en la vida. Me parecía mal contártelo directamente, viendo que tú también tienes algo que contar, pero no te preocupes. Ya verás cómo ésta noticia también te sube los ánimos.

-- Lo que yo necesito que me suban es otra cosa...

-- No seas vulgar, coño, y escucha, que esto es una bomba. Siéntate.— Dijo segurísima, y sentó a Robbie lentamente en el sillón.-- ¿Te acuerdas del Highway Dance Project?

-- ¿La beca aquella extraña de Nueva York? Sí, pero aquello lo solicitamos hace dos meses y decía que si no respondían en cinco semanas es que estábamos fuera del proyecto.

-- Quince.— Contestó Carol inmediatamente después de sacudir con fuerza la cabeza.— Quince semanas.—Y acto seguido abrió el bolso y sacó dos cartas.—Me he tomado la libertad de abrir tu buzón, que sigue roto, coger tu carta, y cometer un delito federal.

Llegado a éste punto, Robbie ya estaba en éxtasis.

-- ¡Me da lo mismo, como si matas a mi madre,--gritó—pero léeme esa mierda ya!

Carol no pudo reprimir una risita al oír ese tono de desesperación exagerada que siempre ponía él cuando algo le emocionaba. Y le dio la gran noticia, mientras Robbie se hacía cada vez más alto, hasta el punto de que ya estaba de pie, de puntillas, sobre el respaldo del sillón. Casi tocaba el techo con la cabeza, y eso que el apartamento era de los de techos altos, a pesar de tener menos de cuarenta metros cuadrados.

Hubo un breve silencio en el que los dos tenían los ojos como platos, además de a punto de convertirse en una catarata y después, preguntó muy bajito:

-- ¿Los dos?

Carol asintió con la cabeza a la vez que se le escapaba una lágrima y se le alargaba la sonrisa. Acto seguido, comenzó un ajetreo de gritos, hurras, saltos, giros, abrazos, llantos, y Robbie corrió al equipo y puso “I will survive” de Gloria Gaynor a tope.

En ese mismo momento vieron cómo las luces de la entrada se encendían y apagaban constantemente. Miraron hacia la puerta y vieron a Joe de pie con la mano en el interruptor y una expresión que denotaba una mezcla entre sorpresa e indignación, con un toque de ironía. Evidentemente, la parte de indignación era falsa.

-- Muy bien. No se os puede dejar solos, joder, que montáis fiestas a cualquier hora. Y además no pensabais invitarme, por lo que veo.— Miró directamente a Robbie.-- Y venía a preguntarte qué tal estabas pero, a no ser que esto sea una terapia, pues veo que bien, ¿no?

Robbie, con la espontaneidad que le caracterizaba, se le echó encima con las piernas rodeando la cintura de Joe, en modo koala, como les gustaba llamarlo, y le dio un beso en los labios.

-- Ya sé que no te gusta que te haga eso, pero me ha dado la gana. ¡Me voy a Nueva York con Carol!

-- ¿Otro casting? ¿Y para eso tanto alboroto?

-- ¿Qué casting ni qué niño muerto? Ya hemos hecho todos los que teníamos que hacer.—Interrumpió Carol—Nos vamos a vivir, a trabajar, ¡a bailar!

-- ¿Cómo?—Joe no se lo podía creer.

-- ¡Sí!—gritó Robbie mientras se descolgaba de Joe—Nos han aceptado en el HDP, ¿recuerdas?

Joe lo recordaba perfectamente, porque les había acompañado a uno de los castings a Nueva York y les había ayudado con todo el papeleo y los impresos. De algo tenía que servirles tener un amigo administrativo. Y se alegró de que al fin fuese a cumplirse el sueño de sus dos mejores amigos, aunque no le hizo tanta gracia tener que quedarse sin sus dos mayores apoyos en Lakeville. Sentía que se estaba rompiendo algo en el esquema de su vida cotidiana... pero aun así estaba casi tan contento como ellos, y la fiesta se prolongó hasta la noche.

Al día siguiente, Carol y Robbie se levantaron temprano, a la par que destruidos. Tenían demasiadas cosas que preparar para su partida a Nueva York. La carta y la posterior llamada esa misma tarde lo dijeron bien claro. Les quedaban sólo cuatro días para cambiar de vida radicalmente.

Una nueva vida en una nueva ciudad. La ciudad por excelencia.

viernes, 11 de abril de 2008

LA GARANTÍA DEL SILENCIO (T1/C3)

“Menos mal que el coche es un todoterreno” pensó Mitch, porque en una huída es de rigor entrar donde otros no puedan, al menos con los vehículos que suelen llevarse a una boda.

Al cabo de unos minutos adentrados en la montaña y desviados la carretera, pararon y el silencio cómplice les envolvió hasta que Mitch lo rompió con un intento de fundir un poco el hielo que había congelado la situación hasta temperaturas polares.

-- A ver, ya sabíamos que la mañana iba a ser movidita, pero no me esperaba tanto – dijo totalmente serio, como le gustaba a él decir las bromas. Contrastando contenido y continente.

Pero en éste caso no pareció surtir efecto. Greg seguía mirando a un punto fijo inexistente, absorto en sus pensamientos pero eso sí, perfectamente arreglado, vestido y empaquetado para la ocasión... de salir por piernas. Al parecer, su broma fue a parar al mismo indeterminado lugar que la mirada de Greg, envuelto por la banda sonora del viento entre las hojas, el leve crujir de la tapicería de cuero, y los ligeros ruidos del bosque.

Poco más tarde, nunca supieron bien cuánto, fue Greg el que rompió la armonía creada por el bosque, fuera:

-- Igual me equivoco, pero considero que en siete años hay millones de posibilidades de decirme que no quería casarse conmigo, o de hacérmelo ver sin necesidad de humillarme.
-- ¿Llevabais siete años comprometido?
-- Ya sabes a lo que me refiero. Ya sé que se lo pedí el año pasado, pero ya llevábamos seis años saliendo. Eso suele ser una garantía. El tiempo siempre lo es, Mitch.
-- Y un cuerno, amigo. Mira la de tiempo que llevan Israel y Palestina enzarzados a hostias.
-- Me das la razón. Todo ese tiempo peleando es garantía de que seguirán haciéndolo hasta que uno de los dos sea destruido. El tiempo de guerra es garantía de guerra. Pero nosotros nunca nos peleamos ¡Nunca!
-- Pues ahí lo tienes.
-- ¿Cómo?
-- Siete años de calma o, como yo lo veo, de silencio. Y con eso te ha respondido. El tiempo de silencio ha sido garantía de silencio.


El mismo silencio del que hablaban, pero de otra forma y con otro significado, volvió a atraparles, creando de nuevo esa incómoda y gélida atmósfera de semidesconocidos que se quedan a solas por primera vez. Esto irritaba a Mitch, porque llevaban siendo amigos desde el instituto y habían pasado muchas cosas juntos. Buenas, malas, regulares, insípidas, sorprendentes, terroríficas, etc... pero no era costumbre entre ellos quedarse callados. Alguien le dijo una vez, que la verdadera amistad se demostraba, entre otras cosas, en que dos amigos podían quedarse un tiempo indeterminado en silencio sin que eso significara que no tenían nada de qué hablar... y esto creó un leve escalofrío que recorrió su musculada espalda ¿Significaba eso que su amistado no era tan auténtica y sólida como la creían?

O al menos como él la creía.

En medio de todo éste mar de dudas que comenzaban a saltarle también, Mitch arrancó su galloper verde oscuro adornado para la nefasta ocasión. Al poco rato, cuando volvieron a la carretera, de camino de vuelta a Lakeville, Greg volvió a hablar. Menos mal, porque a Mitch empezaba a recordarle a su sobrina autista.

-- Esto no es simple silencio. Hacerlo éste día, precisamente, es toda una declaración de intenciones. Y voy a descubrir de qué se trata, Mitch. Voy a hacerlo.


* * * *


Una moneda cayó sobre el pañuelo extendido en el suelo, chocando con las demás. El tintineo que ocasionaron la sacó de su estado.

-- Uy. Gracias. Maldita sea. Me estaba quedando dormida.—Contestó, pero como solía ocurrir, el transeúnte en cuestión hacía segundos que había olvidado su existencia y estaba ya dos metros más abajo.

“Pues mira qué bien”, pensó Ida. Es cierto que la soledad a veces era agobiante, pero por lo general daba gracias de no tener que dar explicaciones de nada a nadie.

Sus jornadas transcurrían, por lo general, con la rutina del vacío. Solía levantarse temprano, aunque hacía muchísimos años que no manejaba nada parecido a un despertador. Y hacía lo que le daba la gana. Básicamente eso. A veces se tiraba todo el día fabricando pendientes y pulseras que luego vendía en cualquier rincón de Central Park, y otras veces, simplemente, pedía dinero. Eso sí, sin abrir la boca, que ella era mendiga, pero no era ninguna pedigüeña. Le encantaba decir esa frase, aunque tenía muy pocas posibilidades de decirla. Siempre estaba sola. Solía rehuir la compañía del resto de mendigos de Central Park (que eran muchos. A veces se le antojaba que demasiados)

Algunas muchas otras veces sólo se dedicaba a pasear y observar. Antes bebía, pero hacía años que lo dejó por muchos motivos. El principal era que cuando bebía se volvía vulnerable, y eso era lo peor que podía pasarle en su situación, dado el nivel de competencia de la zona y la seguridad ciudadana que ofrece un sitio como Nueva York.

En muchos de esos paseos había visto muchísimas cosas. Alrededor de ese parque, y dentro, se mueve un submundo mucho más rico de lo que cualquiera podría imaginar. Había sido testigo de más de una paliza de muerte, de multitud de revolcones al amparo de la oscuridad, de cientos de atracos, de finales de relaciones, de posibles principios de otras, de escenas tan cotidianas y carentes de interés como un señor gordo y sólo paseando a su perro... también gordo. Sí, había llegado a comprobar lo cierto que es aquello de que todas las mascotas se parecen a sus dueños y viceversa.

Y también había visto cosas que eran realmente importantes. Cosas que a la gran mayoría de la gente que no solía reparar en su presencia le habrían interesado hasta el punto de llegar a pagar por ese tipo de información. Pero ya no es que no supieran qué sabía Ida acerca de todo aquello, sino que la mayoría de ellos, ni siquiera sabían que eso había ocurrido, o al menos de esa manera. Ida, a veces se imaginaba que ella era un cofre, y que la llave se cayó hace muchos años al fondo de alguna alcantarilla. Nadie, jamás, sabría de sus secretos. Ni de los suyos propios, ni de los secretos de la ciudad, algunos de los cuáles conocía bastante bien. Ni mucho menos de algún que otro secreto de ámbito mundial, que también conocía...peligrosamente.

Se acercaba la hora de cenar, así que recogió el pañuelo con las pocas monedas que había recaudado ese día y se dirigió al puesto de perritos calientes más cercano. El resto solían acudir en masa a los McDonald’s o los establecimientos de pollo frito, pero eso significaba salir de Central Park, y ella hacía muchos años que había creado allí dentro su burbuja.

-- Sin mostaza, por favor, que una ya tiene una edad.

viernes, 25 de enero de 2008

OSCURIDAD (T1/C2)


Se estaba acercando con paso lento pero firme hacia la cancela de la casa. Sabía que no era lo más discreto, pero la única forma de comprobar si estaba desconectada la alarma era tocarla, y una leve sonrisa de satisfacción se dibujó en sus delgados labios al comprobar que su pequeña incursión en el jardín no lo había convertido en una jodida discoteca de luz y sonido.

Abrió la cancela con el ensayado y meticuloso sigilo que le caracterizaba y avanzó hacia la casa con paso firme, decidido, pero pausado. Con la tranquilidad del que sabe que está todo controlado, que los pollos están en su corral y no van a escapar, y con “Stuck in the middle with you” sonando de fondo. Era una capacidad sensorial extraña y curiosa al mismo tiempo porque, no sabía porqué pero, cada vez que se dirigía a la recta final de la liquidación de cualquier trabajo, sonaba alguna canción en su cabeza. Y ésta vez le había tocado a Reservoir Dogs.

Su corpulenta fisonomía se detuvo en la ventana que, como esperaba, alguien había “olvidado” cerrar. De un salto ya estaba en la casa. Una preciosa mansión de estilo colonial, como esas que se ven en las películas de los barrios ricos de San Francisco o L.A.

Lo único con lo que tenía que tener cuidado es de cogerlos a todos juntos, tener mucha puntería y ser rápido. El alboroto era un nefasto compañero de trabajo en éstas “sus labores”. Tras una inspección visual, auditiva en incluso olfativa, se tranquilizó al comprobar que estaban todos en el salón, como una familia feliz y, como mucho, el servicio estaría en la cocina. Eso último le jodió un poco porque no le hacía mucha gracia cargarse a una trabajadora inocente como sería la chacha, pero no iba a tener más remedio que deshacerse de ese cabo suelto. Había que ser, por encima de todo, un profesional.

Y, como de costumbre, todo fue muy rápido. En un par de minutos estaba en el salón vaciando el cargador de su Sig-Sauer con silenciador (por supuesto) en las cabezas de papá, mamá, el nene y hasta el perro. Éste el primero, porque como los dejes vivos más de dos segundos lían un follón ladrando que no hay quien se aclare. Y ya sabemos que a TM le gustaba trabajar bien y tranquilo, ¿no es así? La pena era el niño, que tenía cuatro años, pero si le hubieran preguntado a Bush, hubiera lavado su conciencia rápidamente contabilizándolo como un daño colateral, así que a TM tampoco le importó demasiado. Lo que sí le preocupaba era la voz del otro lado de la puerta de la cocina preguntando “¿Qué pasa, señora?” con ese horrible acento puertorriqueño que odiaba. “De puta madre” pensó. “Así me joderá menos acabar con ella”.

“Losing control, yeah, I'm all over the place,Clowns to the left of me, Jokers to the right,Here I am, stuck in the middle with you”

Y, tal como salió por la puerta limpiándose las manos en el delantal, recibió un certero balazo en mitad de la frente. En realidad ni se enteró de nada, así que su pregunta se convirtió en retórica. Y la canción se apagó.

-- Ya podéis venir a limpiar – avisó escuetamente por el móvil, e inmediatamente después colgó. Ese tipo de conversaciones, cuanto más cortas, mejor.

Y se dirigió a la misma ventana por la que había entrado y se internó de nuevo en una oscuridad que hacía ya algunos años que había reclamado como suya propia. Esa oscuridad, era su hogar y su patrimonio.

* * * *

“Manda cojones” pensó Joe. “Y encima llega tarde”. Así que se apoyó en la barra con ese aire desenfadado y casi nihilista que tanto había ensayado. Otra vez aquí. Echó un vistazo a su alrededor y le pareció haberse bajado de un metro en la parada de los monstruos, así que decidió concentrarse en aprenderse la letra de la canción que estaba sonando porque él siempre le discutía lo mismo a Robbie: Lo mejor de bailar una canción con letra, es ir haciendo el playback. Pero Robbie era demasiado... bailarín como para mover los labios bailando. Demasiadas broncas desde adolescente, cuando empezó a bailar, como para echarlo todo por tierra por un sano y divertido mariconeo.

Sonaba “Don’t stop de music” de Rihana, y dio gracias a Björk de que no estuviese sonando “Umbrella”, porque era un tema que odiaban todos con todas sus fuerzas. “Es horrible del coño” había dicho Carol, amiga de la infancia de Robbie, con desgana mientras movía su larga melena negra. De hecho, como no tenía otra cosa que hacer, se estaba acordando de cuando Carol se inventó todas aquellas rimas absurdas con ela, ela, para reírse de la, como ella la llamaba, “cabrona, niñata que hace videoclips absurdos y gana cien veces más que yo con la mitad de curro”. Porque Carol también era bailarina como Robbie. Joe no. Joe trabajaba como administrativo en un colegio.

Miró de nuevo hacia el escenario, donde aun no había comenzado el show, y vio a un chaval que se desmembraba en movimientos imposibles intentando emular a... quién sabe a qué. “Mira. Otro descartado de American Idol”. El Rouge, a veces, le daba asco. Pero no podía evitar el volver porque, si no iban allí, ¿adónde diablos podían ir?

Y, finalmente apareció. Menos mal, estaba a punto de arrancarse la piel a tiras.

-- Vaya horas, maricón. Menos mal que venías ya para acá. Que llevo media hora echándole maldiciones a la locaza del escenario – Dijo Joe con la cara de asco más convincente que tuvo.
-- Uy, por favor... – murmuró con una cara de pena casi creíble, tras la que gritó -- ¡Chaval, relájate, que te vas a partir algo y aquí no cabe una ambulancia!

Como solía ser habitual, risa general del respetable y cara de vinagre del aludido en cuestión.

En mitad de ésta toma de posesión del territorio, una cara dejó temblando a Robbie.

-- ¿Qué te pasa?¿Te gusta ese? – preguntó Joe. Pero Robbie sólo pudo asentir, con la boca medio abierta. – Pues lo conozco. Ven que te lo presento.
-- Pero, ¿qué dices? Que, no. Que paso.
-- Tantos huevos para unas cosas y tanta vergüenza para otras. No te entiendo en absoluto. ¡Hola, Rick! ¿Cómo estás? Te has cortado el pelo.
-- Tampoco es que hubiese mucho que cortar – respondió el tal Rick, con razón, porque tenía notables entradas y estaba empezando a clarear también por la zona de la coronilla.
-- Que gracioso – A Joe tampoco le salía ser falso, pero hacía sus intentos. — Mira, éste es mi amigo Robbie. También es bailarín.

Robbie miró a Joe con una cara de reproche que parecía escribir en su frente con letras de neón “desconsiderado. Esa es una información vital que se da antes de nada”, y en menos de una hora ya se estaban enrollando.

La verdad es que no parecía muy claro porqué Joe se empeñó en emparejar a Robbie y Rick, porque entonces se quedaba sólo en el local, pero el show ya había comenzado y se concentró en la decadente travesti vieja de más de noventa quilos que menaba sus carnes flácidas en el escenario. “Para esto le pego unas lentejuelas a un solomillo” pensó, y al mismo tiempo se molestó en silencio de no poder decírselo a Robbie. Éste tenía la boca ocupada.

La situación de soledad duró lo mismo que tardó Rick en irse al baño.

-- Ha ido al baño. Qué mono es. Y yo que llevo un año sin nadie, me va a dar un infarto. Pensé en acompañarle al servicio, pero no quiero. No. Con éste no, que es además simpatiquísimo. No lleva el rollo de las putas de aquí, ¿sabes?
-- NO sé, – Dijo JOe – pero tu vas a respirar y a relajarte, que no me entero de nada.
-- Pues eso, que me ilusiono
-- ¿En una hora y cuarto de conversación? Bueno, de conversación han sido veinte minutos...
--Pues sí. Es que lo presiento. Es diferente ¡Y tengo ganas de verle bailar! Y seguro que éste no me hace lo mismo que Curt y me deja...

La cara de Joe mirando hacia la puerta del servicio le hizo a Robbie parar en seco. Miró hacia allí y se encontró a Rick comiéndose con patatas al niñato descartado de American Idol.

-- No vayas a hacer nada, Robbie. No le des el gusto.
-- ¿Y que me salga a mí una úlcera? Ni hablar – Y salió como una exhalación hacia la nueva parejita. Volvió violentamente a Rick del hombro y comenzó la retahíla descontrolada. – ¡Hola! Me alegro de que no te aburras en mi ausencia, porque podrás ponerlo en práctica más a menudo, ¡porque no voy a estar nunca! Iba a decirte que si te acompañaba a tu casa, pero ya veo que estás muy bien acompañado
-- Oye... – Intentó decir el de American Idol, pero evidentemente ignoraba dónde se iba a meter.
-- Tú te callas, que no pensaba calzarte un bofetón hasta que no abrieras la boca, Leroy de mierda – Y con eso, Robbie selló los labios del pobre diablo. Acto seguido, se dio la vuelta como en una película de Lana Turner y salió del Rouge con más escándalo que un elefante en una cacharrería.

Joe salió detrás. Sólo tardó en seguirlo el tiempo de pagar las cervezas que se habían tomado pero, cuando salió, no lo encontró. Parecía como si la oscuridad se lo hubiese tragado. ¿El móvil? Pagado.

“Ok, amigo. Mensaje captado”

SÍ, QUIERO. (T1/C1)

Ahí estaba. No sabía cómo había llegado hasta ahí, cómo había ido sucediéndose la concatenación de pequeños e imperceptibles acontecimientos, pero se encontraba en ese sitio, con un señor y su alzacuellos delante, cientos de pares de ojos mirándole (entre varios suspiros, porqué no decirlo), vestido con un chaqué, el pelo perfecto, el afeitado perfecto, las cejas perfectas, todos los bancos con su lacito blanco, la alfombra sin ninguna arruga...
Pero sólo. Una soledad violenta, que lo engullía todo, como la “nada” de cierta novela de fantasía. El silencio dio paso a los murmullos, los murmullos a más silencio (éste más nervioso) para, finalmente, estallar en un momento determinado, que él no sabía cuando se produjo, en una abundancia contagiosa de compasión agobiante alrededor de su persona. “No” pensaba “No creo que sea esto lo que necesito ahora”. Y se retiró sin decir una palabra hacia el coche, tirando con fuerza del brazo de Mitch, arrastrándolo entre la multitud, como hiciese antaño Moisés con los judíos a través del Mar Rojo... y el coche era Israel. El refugio prometido... ya que la prometida en cuestión parecía encontrarse en paradero desconocido.
--¡Arranca!—gritó Greg sin mirar a nadie ni a nada, con los ojos húmedos clavados en la guantera y las manos tan apretadas que Micth hubiese jurado que estaba a punto de producirse un esguince de muñeca a sí mismo.--¿Es que no me has oído, joder?
--Eh... no sé, tío. Igual aparece ¿Y si aparece y nos hemos largado? Entonces quedas fatal, colega.—respondió Mitch sin ningún tipo de fe en sus propias conjeturas. Y menos fe aún le quedó cuando vio a Greg enseñándole la hora que marcaba la esfera de su Rolex (regalo de compromiso, por cierto) revelando la hora y tres cuartos que llegaba tarde la chavala.—Mmm... vale.—Y sin pronunciar una palabra más, arrancó y pisó el acelerador a fondo.

Al fin y al cabo, los amigos están para eso, ¿no?


****

Estaba reventado, porque llevaba todo el jodido día ensayando y, además, la coreografía no era especialmente sencilla, pero creyó merecerse un descanso y, al salir del local, hizo una llamada.

--¡Joe! ¿Qué haces ésta noche?
-- No, no empieces. No me líes. Estoy cansado, voy camino del gimnasio, así que saldré aún más cansado y mañana trabajo muy temprano. De verdad, Robbie, lo siento, pero no.—contestó Joe sin darle ni un solo segundo de tregua. Sabía que era la única forma de que el aplastante poder de convicción de Robbie no acabara con su sensatez y responsabilidad.
-- Desde luego, siempre andas igual, amigo. Trabajas más que Chaplin en “Tiempos Modernos”—a Robbie le encantaba hacer ese tipo de chistes cultos con Joe, porque sabía que en esa mierda de ciudad, era de los pocos que lo entendían.—Mira, chico, voy a estar en el Rouge, ¿vale? Así que si te entra un arranque irrefrenable de diversión por el cuerpo de gimnasio ese que tienes, pásate a tomarte un par de cervezas.
-- Tío...joder... ¿con quién vas a estar?
-- ¡Así me gusta! Pues voy a estar solito, ¿vale? Para que, si no vas, te sientas aún más culpable.
-- ¡Cabrón!
-- Eso ya lo sabías. — a lo cual siguió una conseguida risa de mala de telenovela.—En el Rouge a partir de las nueve. Te espero.—Y colgó sin darle tiempo a Joe a replicarle nada más. Robbie sabía que vendría, porque a Joe le gustaba más el Rouge que a un tonto una piruleta, y se divertían mucho criticando a los demás. Sabía que no era lo más políticamente correcto, pero no le preocupaba lo más mínimo. A él le sentaba bien, y le venía genial después de todo lo que le había pasado con Curt un año antes.

Joe estaba maldiciendo a Robbie y riéndose a la vez. No le gustaba que siempre tuviese que arrastrarlo a sus planes, pero le hacía mucha gracia, y hasta admiraba esa forma de ser tan arrolladora y, en cierto modo, egoísta. En el pasado ya les había costado un par de insignificantes peleas, pero en estos momentos, le hacía mucha gracia esa mezcla de arrogancia, egoísmo, ironía y buen corazón que parecía reinar en la personalidad de Robbie.

Como empezaba a ser costumbre (una fea costumbre) cambió de rumbo y, en vez de al gimnasio, se dirigió a su piso para ducharse, comer algo y reponer fuerzas para la “breve y light” noche que le esperaba en el Rouge, junto a Robbie, rodeado de maricas malas, algunas con las cuales y se había liado en el pasado. Es lo malo que tenía haber vivido toda su vida en una ciudad tan pequeña con una zona de marcha gay más pequeña si cabe. La única esperanza para los solteros que empezaban a hastiarse de las maricas de siempre eran los institutos. Total, todo el mundo crece algún día, ¿no?