viernes, 25 de enero de 2008
OSCURIDAD (T1/C2)
Se estaba acercando con paso lento pero firme hacia la cancela de la casa. Sabía que no era lo más discreto, pero la única forma de comprobar si estaba desconectada la alarma era tocarla, y una leve sonrisa de satisfacción se dibujó en sus delgados labios al comprobar que su pequeña incursión en el jardín no lo había convertido en una jodida discoteca de luz y sonido.
Abrió la cancela con el ensayado y meticuloso sigilo que le caracterizaba y avanzó hacia la casa con paso firme, decidido, pero pausado. Con la tranquilidad del que sabe que está todo controlado, que los pollos están en su corral y no van a escapar, y con “Stuck in the middle with you” sonando de fondo. Era una capacidad sensorial extraña y curiosa al mismo tiempo porque, no sabía porqué pero, cada vez que se dirigía a la recta final de la liquidación de cualquier trabajo, sonaba alguna canción en su cabeza. Y ésta vez le había tocado a Reservoir Dogs.
Su corpulenta fisonomía se detuvo en la ventana que, como esperaba, alguien había “olvidado” cerrar. De un salto ya estaba en la casa. Una preciosa mansión de estilo colonial, como esas que se ven en las películas de los barrios ricos de San Francisco o L.A.
Lo único con lo que tenía que tener cuidado es de cogerlos a todos juntos, tener mucha puntería y ser rápido. El alboroto era un nefasto compañero de trabajo en éstas “sus labores”. Tras una inspección visual, auditiva en incluso olfativa, se tranquilizó al comprobar que estaban todos en el salón, como una familia feliz y, como mucho, el servicio estaría en la cocina. Eso último le jodió un poco porque no le hacía mucha gracia cargarse a una trabajadora inocente como sería la chacha, pero no iba a tener más remedio que deshacerse de ese cabo suelto. Había que ser, por encima de todo, un profesional.
Y, como de costumbre, todo fue muy rápido. En un par de minutos estaba en el salón vaciando el cargador de su Sig-Sauer con silenciador (por supuesto) en las cabezas de papá, mamá, el nene y hasta el perro. Éste el primero, porque como los dejes vivos más de dos segundos lían un follón ladrando que no hay quien se aclare. Y ya sabemos que a TM le gustaba trabajar bien y tranquilo, ¿no es así? La pena era el niño, que tenía cuatro años, pero si le hubieran preguntado a Bush, hubiera lavado su conciencia rápidamente contabilizándolo como un daño colateral, así que a TM tampoco le importó demasiado. Lo que sí le preocupaba era la voz del otro lado de la puerta de la cocina preguntando “¿Qué pasa, señora?” con ese horrible acento puertorriqueño que odiaba. “De puta madre” pensó. “Así me joderá menos acabar con ella”.
“Losing control, yeah, I'm all over the place,Clowns to the left of me, Jokers to the right,Here I am, stuck in the middle with you”
Y, tal como salió por la puerta limpiándose las manos en el delantal, recibió un certero balazo en mitad de la frente. En realidad ni se enteró de nada, así que su pregunta se convirtió en retórica. Y la canción se apagó.
-- Ya podéis venir a limpiar – avisó escuetamente por el móvil, e inmediatamente después colgó. Ese tipo de conversaciones, cuanto más cortas, mejor.
Y se dirigió a la misma ventana por la que había entrado y se internó de nuevo en una oscuridad que hacía ya algunos años que había reclamado como suya propia. Esa oscuridad, era su hogar y su patrimonio.
* * * *
“Manda cojones” pensó Joe. “Y encima llega tarde”. Así que se apoyó en la barra con ese aire desenfadado y casi nihilista que tanto había ensayado. Otra vez aquí. Echó un vistazo a su alrededor y le pareció haberse bajado de un metro en la parada de los monstruos, así que decidió concentrarse en aprenderse la letra de la canción que estaba sonando porque él siempre le discutía lo mismo a Robbie: Lo mejor de bailar una canción con letra, es ir haciendo el playback. Pero Robbie era demasiado... bailarín como para mover los labios bailando. Demasiadas broncas desde adolescente, cuando empezó a bailar, como para echarlo todo por tierra por un sano y divertido mariconeo.
Sonaba “Don’t stop de music” de Rihana, y dio gracias a Björk de que no estuviese sonando “Umbrella”, porque era un tema que odiaban todos con todas sus fuerzas. “Es horrible del coño” había dicho Carol, amiga de la infancia de Robbie, con desgana mientras movía su larga melena negra. De hecho, como no tenía otra cosa que hacer, se estaba acordando de cuando Carol se inventó todas aquellas rimas absurdas con ela, ela, para reírse de la, como ella la llamaba, “cabrona, niñata que hace videoclips absurdos y gana cien veces más que yo con la mitad de curro”. Porque Carol también era bailarina como Robbie. Joe no. Joe trabajaba como administrativo en un colegio.
Miró de nuevo hacia el escenario, donde aun no había comenzado el show, y vio a un chaval que se desmembraba en movimientos imposibles intentando emular a... quién sabe a qué. “Mira. Otro descartado de American Idol”. El Rouge, a veces, le daba asco. Pero no podía evitar el volver porque, si no iban allí, ¿adónde diablos podían ir?
Y, finalmente apareció. Menos mal, estaba a punto de arrancarse la piel a tiras.
-- Vaya horas, maricón. Menos mal que venías ya para acá. Que llevo media hora echándole maldiciones a la locaza del escenario – Dijo Joe con la cara de asco más convincente que tuvo.
-- Uy, por favor... – murmuró con una cara de pena casi creíble, tras la que gritó -- ¡Chaval, relájate, que te vas a partir algo y aquí no cabe una ambulancia!
Como solía ser habitual, risa general del respetable y cara de vinagre del aludido en cuestión.
En mitad de ésta toma de posesión del territorio, una cara dejó temblando a Robbie.
-- ¿Qué te pasa?¿Te gusta ese? – preguntó Joe. Pero Robbie sólo pudo asentir, con la boca medio abierta. – Pues lo conozco. Ven que te lo presento.
-- Pero, ¿qué dices? Que, no. Que paso.
-- Tantos huevos para unas cosas y tanta vergüenza para otras. No te entiendo en absoluto. ¡Hola, Rick! ¿Cómo estás? Te has cortado el pelo.
-- Tampoco es que hubiese mucho que cortar – respondió el tal Rick, con razón, porque tenía notables entradas y estaba empezando a clarear también por la zona de la coronilla.
-- Que gracioso – A Joe tampoco le salía ser falso, pero hacía sus intentos. — Mira, éste es mi amigo Robbie. También es bailarín.
Robbie miró a Joe con una cara de reproche que parecía escribir en su frente con letras de neón “desconsiderado. Esa es una información vital que se da antes de nada”, y en menos de una hora ya se estaban enrollando.
La verdad es que no parecía muy claro porqué Joe se empeñó en emparejar a Robbie y Rick, porque entonces se quedaba sólo en el local, pero el show ya había comenzado y se concentró en la decadente travesti vieja de más de noventa quilos que menaba sus carnes flácidas en el escenario. “Para esto le pego unas lentejuelas a un solomillo” pensó, y al mismo tiempo se molestó en silencio de no poder decírselo a Robbie. Éste tenía la boca ocupada.
La situación de soledad duró lo mismo que tardó Rick en irse al baño.
-- Ha ido al baño. Qué mono es. Y yo que llevo un año sin nadie, me va a dar un infarto. Pensé en acompañarle al servicio, pero no quiero. No. Con éste no, que es además simpatiquísimo. No lleva el rollo de las putas de aquí, ¿sabes?
-- NO sé, – Dijo JOe – pero tu vas a respirar y a relajarte, que no me entero de nada.
-- Pues eso, que me ilusiono
-- ¿En una hora y cuarto de conversación? Bueno, de conversación han sido veinte minutos...
--Pues sí. Es que lo presiento. Es diferente ¡Y tengo ganas de verle bailar! Y seguro que éste no me hace lo mismo que Curt y me deja...
La cara de Joe mirando hacia la puerta del servicio le hizo a Robbie parar en seco. Miró hacia allí y se encontró a Rick comiéndose con patatas al niñato descartado de American Idol.
-- No vayas a hacer nada, Robbie. No le des el gusto.
-- ¿Y que me salga a mí una úlcera? Ni hablar – Y salió como una exhalación hacia la nueva parejita. Volvió violentamente a Rick del hombro y comenzó la retahíla descontrolada. – ¡Hola! Me alegro de que no te aburras en mi ausencia, porque podrás ponerlo en práctica más a menudo, ¡porque no voy a estar nunca! Iba a decirte que si te acompañaba a tu casa, pero ya veo que estás muy bien acompañado
-- Oye... – Intentó decir el de American Idol, pero evidentemente ignoraba dónde se iba a meter.
-- Tú te callas, que no pensaba calzarte un bofetón hasta que no abrieras la boca, Leroy de mierda – Y con eso, Robbie selló los labios del pobre diablo. Acto seguido, se dio la vuelta como en una película de Lana Turner y salió del Rouge con más escándalo que un elefante en una cacharrería.
Joe salió detrás. Sólo tardó en seguirlo el tiempo de pagar las cervezas que se habían tomado pero, cuando salió, no lo encontró. Parecía como si la oscuridad se lo hubiese tragado. ¿El móvil? Pagado.
“Ok, amigo. Mensaje captado”
SÍ, QUIERO. (T1/C1)
Ahí estaba. No sabía cómo había llegado hasta ahí, cómo había ido sucediéndose la concatenación de pequeños e imperceptibles acontecimientos, pero se encontraba en ese sitio, con un señor y su alzacuellos delante, cientos de pares de ojos mirándole (entre varios suspiros, porqué no decirlo), vestido con un chaqué, el pelo perfecto, el afeitado perfecto, las cejas perfectas, todos los bancos con su lacito blanco, la alfombra sin ninguna arruga...
Pero sólo. Una soledad violenta, que lo engullía todo, como la “nada” de cierta novela de fantasía. El silencio dio paso a los murmullos, los murmullos a más silencio (éste más nervioso) para, finalmente, estallar en un momento determinado, que él no sabía cuando se produjo, en una abundancia contagiosa de compasión agobiante alrededor de su persona. “No” pensaba “No creo que sea esto lo que necesito ahora”. Y se retiró sin decir una palabra hacia el coche, tirando con fuerza del brazo de Mitch, arrastrándolo entre la multitud, como hiciese antaño Moisés con los judíos a través del Mar Rojo... y el coche era Israel. El refugio prometido... ya que la prometida en cuestión parecía encontrarse en paradero desconocido.
--¡Arranca!—gritó Greg sin mirar a nadie ni a nada, con los ojos húmedos clavados en la guantera y las manos tan apretadas que Micth hubiese jurado que estaba a punto de producirse un esguince de muñeca a sí mismo.--¿Es que no me has oído, joder?
--Eh... no sé, tío. Igual aparece ¿Y si aparece y nos hemos largado? Entonces quedas fatal, colega.—respondió Mitch sin ningún tipo de fe en sus propias conjeturas. Y menos fe aún le quedó cuando vio a Greg enseñándole la hora que marcaba la esfera de su Rolex (regalo de compromiso, por cierto) revelando la hora y tres cuartos que llegaba tarde la chavala.—Mmm... vale.—Y sin pronunciar una palabra más, arrancó y pisó el acelerador a fondo.
Al fin y al cabo, los amigos están para eso, ¿no?
****
Estaba reventado, porque llevaba todo el jodido día ensayando y, además, la coreografía no era especialmente sencilla, pero creyó merecerse un descanso y, al salir del local, hizo una llamada.
--¡Joe! ¿Qué haces ésta noche?
-- No, no empieces. No me líes. Estoy cansado, voy camino del gimnasio, así que saldré aún más cansado y mañana trabajo muy temprano. De verdad, Robbie, lo siento, pero no.—contestó Joe sin darle ni un solo segundo de tregua. Sabía que era la única forma de que el aplastante poder de convicción de Robbie no acabara con su sensatez y responsabilidad.
-- Desde luego, siempre andas igual, amigo. Trabajas más que Chaplin en “Tiempos Modernos”—a Robbie le encantaba hacer ese tipo de chistes cultos con Joe, porque sabía que en esa mierda de ciudad, era de los pocos que lo entendían.—Mira, chico, voy a estar en el Rouge, ¿vale? Así que si te entra un arranque irrefrenable de diversión por el cuerpo de gimnasio ese que tienes, pásate a tomarte un par de cervezas.
-- Tío...joder... ¿con quién vas a estar?
-- ¡Así me gusta! Pues voy a estar solito, ¿vale? Para que, si no vas, te sientas aún más culpable.
-- ¡Cabrón!
-- Eso ya lo sabías. — a lo cual siguió una conseguida risa de mala de telenovela.—En el Rouge a partir de las nueve. Te espero.—Y colgó sin darle tiempo a Joe a replicarle nada más. Robbie sabía que vendría, porque a Joe le gustaba más el Rouge que a un tonto una piruleta, y se divertían mucho criticando a los demás. Sabía que no era lo más políticamente correcto, pero no le preocupaba lo más mínimo. A él le sentaba bien, y le venía genial después de todo lo que le había pasado con Curt un año antes.
Joe estaba maldiciendo a Robbie y riéndose a la vez. No le gustaba que siempre tuviese que arrastrarlo a sus planes, pero le hacía mucha gracia, y hasta admiraba esa forma de ser tan arrolladora y, en cierto modo, egoísta. En el pasado ya les había costado un par de insignificantes peleas, pero en estos momentos, le hacía mucha gracia esa mezcla de arrogancia, egoísmo, ironía y buen corazón que parecía reinar en la personalidad de Robbie.
Como empezaba a ser costumbre (una fea costumbre) cambió de rumbo y, en vez de al gimnasio, se dirigió a su piso para ducharse, comer algo y reponer fuerzas para la “breve y light” noche que le esperaba en el Rouge, junto a Robbie, rodeado de maricas malas, algunas con las cuales y se había liado en el pasado. Es lo malo que tenía haber vivido toda su vida en una ciudad tan pequeña con una zona de marcha gay más pequeña si cabe. La única esperanza para los solteros que empezaban a hastiarse de las maricas de siempre eran los institutos. Total, todo el mundo crece algún día, ¿no?
Pero sólo. Una soledad violenta, que lo engullía todo, como la “nada” de cierta novela de fantasía. El silencio dio paso a los murmullos, los murmullos a más silencio (éste más nervioso) para, finalmente, estallar en un momento determinado, que él no sabía cuando se produjo, en una abundancia contagiosa de compasión agobiante alrededor de su persona. “No” pensaba “No creo que sea esto lo que necesito ahora”. Y se retiró sin decir una palabra hacia el coche, tirando con fuerza del brazo de Mitch, arrastrándolo entre la multitud, como hiciese antaño Moisés con los judíos a través del Mar Rojo... y el coche era Israel. El refugio prometido... ya que la prometida en cuestión parecía encontrarse en paradero desconocido.
--¡Arranca!—gritó Greg sin mirar a nadie ni a nada, con los ojos húmedos clavados en la guantera y las manos tan apretadas que Micth hubiese jurado que estaba a punto de producirse un esguince de muñeca a sí mismo.--¿Es que no me has oído, joder?
--Eh... no sé, tío. Igual aparece ¿Y si aparece y nos hemos largado? Entonces quedas fatal, colega.—respondió Mitch sin ningún tipo de fe en sus propias conjeturas. Y menos fe aún le quedó cuando vio a Greg enseñándole la hora que marcaba la esfera de su Rolex (regalo de compromiso, por cierto) revelando la hora y tres cuartos que llegaba tarde la chavala.—Mmm... vale.—Y sin pronunciar una palabra más, arrancó y pisó el acelerador a fondo.
Al fin y al cabo, los amigos están para eso, ¿no?
****
Estaba reventado, porque llevaba todo el jodido día ensayando y, además, la coreografía no era especialmente sencilla, pero creyó merecerse un descanso y, al salir del local, hizo una llamada.
--¡Joe! ¿Qué haces ésta noche?
-- No, no empieces. No me líes. Estoy cansado, voy camino del gimnasio, así que saldré aún más cansado y mañana trabajo muy temprano. De verdad, Robbie, lo siento, pero no.—contestó Joe sin darle ni un solo segundo de tregua. Sabía que era la única forma de que el aplastante poder de convicción de Robbie no acabara con su sensatez y responsabilidad.
-- Desde luego, siempre andas igual, amigo. Trabajas más que Chaplin en “Tiempos Modernos”—a Robbie le encantaba hacer ese tipo de chistes cultos con Joe, porque sabía que en esa mierda de ciudad, era de los pocos que lo entendían.—Mira, chico, voy a estar en el Rouge, ¿vale? Así que si te entra un arranque irrefrenable de diversión por el cuerpo de gimnasio ese que tienes, pásate a tomarte un par de cervezas.
-- Tío...joder... ¿con quién vas a estar?
-- ¡Así me gusta! Pues voy a estar solito, ¿vale? Para que, si no vas, te sientas aún más culpable.
-- ¡Cabrón!
-- Eso ya lo sabías. — a lo cual siguió una conseguida risa de mala de telenovela.—En el Rouge a partir de las nueve. Te espero.—Y colgó sin darle tiempo a Joe a replicarle nada más. Robbie sabía que vendría, porque a Joe le gustaba más el Rouge que a un tonto una piruleta, y se divertían mucho criticando a los demás. Sabía que no era lo más políticamente correcto, pero no le preocupaba lo más mínimo. A él le sentaba bien, y le venía genial después de todo lo que le había pasado con Curt un año antes.
Joe estaba maldiciendo a Robbie y riéndose a la vez. No le gustaba que siempre tuviese que arrastrarlo a sus planes, pero le hacía mucha gracia, y hasta admiraba esa forma de ser tan arrolladora y, en cierto modo, egoísta. En el pasado ya les había costado un par de insignificantes peleas, pero en estos momentos, le hacía mucha gracia esa mezcla de arrogancia, egoísmo, ironía y buen corazón que parecía reinar en la personalidad de Robbie.
Como empezaba a ser costumbre (una fea costumbre) cambió de rumbo y, en vez de al gimnasio, se dirigió a su piso para ducharse, comer algo y reponer fuerzas para la “breve y light” noche que le esperaba en el Rouge, junto a Robbie, rodeado de maricas malas, algunas con las cuales y se había liado en el pasado. Es lo malo que tenía haber vivido toda su vida en una ciudad tan pequeña con una zona de marcha gay más pequeña si cabe. La única esperanza para los solteros que empezaban a hastiarse de las maricas de siempre eran los institutos. Total, todo el mundo crece algún día, ¿no?
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