Ahí estaba. No sabía cómo había llegado hasta ahí, cómo había ido sucediéndose la concatenación de pequeños e imperceptibles acontecimientos, pero se encontraba en ese sitio, con un señor y su alzacuellos delante, cientos de pares de ojos mirándole (entre varios suspiros, porqué no decirlo), vestido con un chaqué, el pelo perfecto, el afeitado perfecto, las cejas perfectas, todos los bancos con su lacito blanco, la alfombra sin ninguna arruga...
Pero sólo. Una soledad violenta, que lo engullía todo, como la “nada” de cierta novela de fantasía. El silencio dio paso a los murmullos, los murmullos a más silencio (éste más nervioso) para, finalmente, estallar en un momento determinado, que él no sabía cuando se produjo, en una abundancia contagiosa de compasión agobiante alrededor de su persona. “No” pensaba “No creo que sea esto lo que necesito ahora”. Y se retiró sin decir una palabra hacia el coche, tirando con fuerza del brazo de Mitch, arrastrándolo entre la multitud, como hiciese antaño Moisés con los judíos a través del Mar Rojo... y el coche era Israel. El refugio prometido... ya que la prometida en cuestión parecía encontrarse en paradero desconocido.
--¡Arranca!—gritó Greg sin mirar a nadie ni a nada, con los ojos húmedos clavados en la guantera y las manos tan apretadas que Micth hubiese jurado que estaba a punto de producirse un esguince de muñeca a sí mismo.--¿Es que no me has oído, joder?
--Eh... no sé, tío. Igual aparece ¿Y si aparece y nos hemos largado? Entonces quedas fatal, colega.—respondió Mitch sin ningún tipo de fe en sus propias conjeturas. Y menos fe aún le quedó cuando vio a Greg enseñándole la hora que marcaba la esfera de su Rolex (regalo de compromiso, por cierto) revelando la hora y tres cuartos que llegaba tarde la chavala.—Mmm... vale.—Y sin pronunciar una palabra más, arrancó y pisó el acelerador a fondo.
Al fin y al cabo, los amigos están para eso, ¿no?
****
Estaba reventado, porque llevaba todo el jodido día ensayando y, además, la coreografía no era especialmente sencilla, pero creyó merecerse un descanso y, al salir del local, hizo una llamada.
--¡Joe! ¿Qué haces ésta noche?
-- No, no empieces. No me líes. Estoy cansado, voy camino del gimnasio, así que saldré aún más cansado y mañana trabajo muy temprano. De verdad, Robbie, lo siento, pero no.—contestó Joe sin darle ni un solo segundo de tregua. Sabía que era la única forma de que el aplastante poder de convicción de Robbie no acabara con su sensatez y responsabilidad.
-- Desde luego, siempre andas igual, amigo. Trabajas más que Chaplin en “Tiempos Modernos”—a Robbie le encantaba hacer ese tipo de chistes cultos con Joe, porque sabía que en esa mierda de ciudad, era de los pocos que lo entendían.—Mira, chico, voy a estar en el Rouge, ¿vale? Así que si te entra un arranque irrefrenable de diversión por el cuerpo de gimnasio ese que tienes, pásate a tomarte un par de cervezas.
-- Tío...joder... ¿con quién vas a estar?
-- ¡Así me gusta! Pues voy a estar solito, ¿vale? Para que, si no vas, te sientas aún más culpable.
-- ¡Cabrón!
-- Eso ya lo sabías. — a lo cual siguió una conseguida risa de mala de telenovela.—En el Rouge a partir de las nueve. Te espero.—Y colgó sin darle tiempo a Joe a replicarle nada más. Robbie sabía que vendría, porque a Joe le gustaba más el Rouge que a un tonto una piruleta, y se divertían mucho criticando a los demás. Sabía que no era lo más políticamente correcto, pero no le preocupaba lo más mínimo. A él le sentaba bien, y le venía genial después de todo lo que le había pasado con Curt un año antes.
Joe estaba maldiciendo a Robbie y riéndose a la vez. No le gustaba que siempre tuviese que arrastrarlo a sus planes, pero le hacía mucha gracia, y hasta admiraba esa forma de ser tan arrolladora y, en cierto modo, egoísta. En el pasado ya les había costado un par de insignificantes peleas, pero en estos momentos, le hacía mucha gracia esa mezcla de arrogancia, egoísmo, ironía y buen corazón que parecía reinar en la personalidad de Robbie.
Como empezaba a ser costumbre (una fea costumbre) cambió de rumbo y, en vez de al gimnasio, se dirigió a su piso para ducharse, comer algo y reponer fuerzas para la “breve y light” noche que le esperaba en el Rouge, junto a Robbie, rodeado de maricas malas, algunas con las cuales y se había liado en el pasado. Es lo malo que tenía haber vivido toda su vida en una ciudad tan pequeña con una zona de marcha gay más pequeña si cabe. La única esperanza para los solteros que empezaban a hastiarse de las maricas de siempre eran los institutos. Total, todo el mundo crece algún día, ¿no?
viernes, 25 de enero de 2008
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