viernes, 11 de abril de 2008

LA GARANTÍA DEL SILENCIO (T1/C3)

“Menos mal que el coche es un todoterreno” pensó Mitch, porque en una huída es de rigor entrar donde otros no puedan, al menos con los vehículos que suelen llevarse a una boda.

Al cabo de unos minutos adentrados en la montaña y desviados la carretera, pararon y el silencio cómplice les envolvió hasta que Mitch lo rompió con un intento de fundir un poco el hielo que había congelado la situación hasta temperaturas polares.

-- A ver, ya sabíamos que la mañana iba a ser movidita, pero no me esperaba tanto – dijo totalmente serio, como le gustaba a él decir las bromas. Contrastando contenido y continente.

Pero en éste caso no pareció surtir efecto. Greg seguía mirando a un punto fijo inexistente, absorto en sus pensamientos pero eso sí, perfectamente arreglado, vestido y empaquetado para la ocasión... de salir por piernas. Al parecer, su broma fue a parar al mismo indeterminado lugar que la mirada de Greg, envuelto por la banda sonora del viento entre las hojas, el leve crujir de la tapicería de cuero, y los ligeros ruidos del bosque.

Poco más tarde, nunca supieron bien cuánto, fue Greg el que rompió la armonía creada por el bosque, fuera:

-- Igual me equivoco, pero considero que en siete años hay millones de posibilidades de decirme que no quería casarse conmigo, o de hacérmelo ver sin necesidad de humillarme.
-- ¿Llevabais siete años comprometido?
-- Ya sabes a lo que me refiero. Ya sé que se lo pedí el año pasado, pero ya llevábamos seis años saliendo. Eso suele ser una garantía. El tiempo siempre lo es, Mitch.
-- Y un cuerno, amigo. Mira la de tiempo que llevan Israel y Palestina enzarzados a hostias.
-- Me das la razón. Todo ese tiempo peleando es garantía de que seguirán haciéndolo hasta que uno de los dos sea destruido. El tiempo de guerra es garantía de guerra. Pero nosotros nunca nos peleamos ¡Nunca!
-- Pues ahí lo tienes.
-- ¿Cómo?
-- Siete años de calma o, como yo lo veo, de silencio. Y con eso te ha respondido. El tiempo de silencio ha sido garantía de silencio.


El mismo silencio del que hablaban, pero de otra forma y con otro significado, volvió a atraparles, creando de nuevo esa incómoda y gélida atmósfera de semidesconocidos que se quedan a solas por primera vez. Esto irritaba a Mitch, porque llevaban siendo amigos desde el instituto y habían pasado muchas cosas juntos. Buenas, malas, regulares, insípidas, sorprendentes, terroríficas, etc... pero no era costumbre entre ellos quedarse callados. Alguien le dijo una vez, que la verdadera amistad se demostraba, entre otras cosas, en que dos amigos podían quedarse un tiempo indeterminado en silencio sin que eso significara que no tenían nada de qué hablar... y esto creó un leve escalofrío que recorrió su musculada espalda ¿Significaba eso que su amistado no era tan auténtica y sólida como la creían?

O al menos como él la creía.

En medio de todo éste mar de dudas que comenzaban a saltarle también, Mitch arrancó su galloper verde oscuro adornado para la nefasta ocasión. Al poco rato, cuando volvieron a la carretera, de camino de vuelta a Lakeville, Greg volvió a hablar. Menos mal, porque a Mitch empezaba a recordarle a su sobrina autista.

-- Esto no es simple silencio. Hacerlo éste día, precisamente, es toda una declaración de intenciones. Y voy a descubrir de qué se trata, Mitch. Voy a hacerlo.


* * * *


Una moneda cayó sobre el pañuelo extendido en el suelo, chocando con las demás. El tintineo que ocasionaron la sacó de su estado.

-- Uy. Gracias. Maldita sea. Me estaba quedando dormida.—Contestó, pero como solía ocurrir, el transeúnte en cuestión hacía segundos que había olvidado su existencia y estaba ya dos metros más abajo.

“Pues mira qué bien”, pensó Ida. Es cierto que la soledad a veces era agobiante, pero por lo general daba gracias de no tener que dar explicaciones de nada a nadie.

Sus jornadas transcurrían, por lo general, con la rutina del vacío. Solía levantarse temprano, aunque hacía muchísimos años que no manejaba nada parecido a un despertador. Y hacía lo que le daba la gana. Básicamente eso. A veces se tiraba todo el día fabricando pendientes y pulseras que luego vendía en cualquier rincón de Central Park, y otras veces, simplemente, pedía dinero. Eso sí, sin abrir la boca, que ella era mendiga, pero no era ninguna pedigüeña. Le encantaba decir esa frase, aunque tenía muy pocas posibilidades de decirla. Siempre estaba sola. Solía rehuir la compañía del resto de mendigos de Central Park (que eran muchos. A veces se le antojaba que demasiados)

Algunas muchas otras veces sólo se dedicaba a pasear y observar. Antes bebía, pero hacía años que lo dejó por muchos motivos. El principal era que cuando bebía se volvía vulnerable, y eso era lo peor que podía pasarle en su situación, dado el nivel de competencia de la zona y la seguridad ciudadana que ofrece un sitio como Nueva York.

En muchos de esos paseos había visto muchísimas cosas. Alrededor de ese parque, y dentro, se mueve un submundo mucho más rico de lo que cualquiera podría imaginar. Había sido testigo de más de una paliza de muerte, de multitud de revolcones al amparo de la oscuridad, de cientos de atracos, de finales de relaciones, de posibles principios de otras, de escenas tan cotidianas y carentes de interés como un señor gordo y sólo paseando a su perro... también gordo. Sí, había llegado a comprobar lo cierto que es aquello de que todas las mascotas se parecen a sus dueños y viceversa.

Y también había visto cosas que eran realmente importantes. Cosas que a la gran mayoría de la gente que no solía reparar en su presencia le habrían interesado hasta el punto de llegar a pagar por ese tipo de información. Pero ya no es que no supieran qué sabía Ida acerca de todo aquello, sino que la mayoría de ellos, ni siquiera sabían que eso había ocurrido, o al menos de esa manera. Ida, a veces se imaginaba que ella era un cofre, y que la llave se cayó hace muchos años al fondo de alguna alcantarilla. Nadie, jamás, sabría de sus secretos. Ni de los suyos propios, ni de los secretos de la ciudad, algunos de los cuáles conocía bastante bien. Ni mucho menos de algún que otro secreto de ámbito mundial, que también conocía...peligrosamente.

Se acercaba la hora de cenar, así que recogió el pañuelo con las pocas monedas que había recaudado ese día y se dirigió al puesto de perritos calientes más cercano. El resto solían acudir en masa a los McDonald’s o los establecimientos de pollo frito, pero eso significaba salir de Central Park, y ella hacía muchos años que había creado allí dentro su burbuja.

-- Sin mostaza, por favor, que una ya tiene una edad.