El golpe del auricular contra la esquina de la mesa le devolvió un poco de cordura, la cual había ido perdiendo poco a poco en los últimos minutos. Llevaba horas, demasiadas, intentando localizar alguna pista o rastro que lo llevara a ella, pero siempre había llegado a la misma meta: Silencio.
Lo había hecho por inercia. Casi no se había dado cuenta de que era él mismo (o la consecuencia de su ira) quien había lanzado el citado auricular contra la mesa de madera recién comprada para estrenarla después de la boda al comprobar que, tanto el teléfono fijo como el móvil de ella estaban desconectados. Las pocas llamadas que sus amigos más cercanos habían contestado arrojaban unos inquietantes y genéricos “Nosénada.Losiento” que se clavaban como esquirlas a la vez en su mente, en su corazón y en los resultados de su búsqueda. Porque una cosa tenía clara; tenía que encontrarla.
Al llegar a la puerta de su apartamento se dio cuenta de que iba a ser en vano llamar al portero. Nadie iba a contestarle, teniendo en cuenta que en la ventana había un cartel que ponía “Se vende”. Tampoco le iba a servir de nada llamar al número que aparecía en el cartel, porque era el de una inmobiliaria. La condenada lo había hecho bien. Había puesto en venta su apartamento de soltera y le había dejado toda la gestión a una inmobiliaria para que no molestaran... ni la encontraran, claro.
Decidió, de todas formas, llamar a la inmobiliaria, quemando el último cartucho, desesperado, creyendo que quizá ellos podrían darle alguna información sobre la chica que les vendió ese apartamento. “Lo sentimos, Señor Bakker, pero esa información, además de ser escasa, es confidencial. Buenos días”. Vaya suerte. Sabía que no le iban a dar la información que precisaba, pero además le había respondido la agente más graciosa de todas, por aquello de “...además de escasa...”. Bueno, en el fondo no le había venido tan mal, algo de insano humor, de ironía a todo esto. A su búsqueda. ¿Acaso no era todo lo que le estaba pasando una ironía en sí misma?
Se encontró a media mañana tumbado en el suelo de su sala de estar, con la moqueta rozando los talones y los dedos de los pies. Mentalmente agotado, pero con convicción. Intentando encontrar una respuesta, aunque fuera en el blanco impoluto del techo de la sala. También recordó que ella le había dicho que lo pintarían de amarillo después de la boda, porque el blanco le resultaba “demasiado standard”. Al cabo de una media hora, tuvo una revelación y, como es costumbre, estas cosas hay que contarlas. Se calzó, cogió las llaves del coche, y condujo hasta casa de Mitch.
-- ¡Hombre! ¿Cómo estás? Ayer te quedaste en tu casa un poco hecho polvo. – Mitch había abierto la puerta en calzoncillos y absolutamente despeinado. Greg sintió el reparo de haberle pillado, quizá, en una actitud más que cariñosa con alguna mujer, y se sonrojó un poco.
-- Eeehm... ¿Te pillo en mal momento?
-- ¿Qué? ¡Ah, no! No te preocupes. Sólo estaba durmiendo. No tenía nada entre manos, ya me entiendes.
-- ¿Estabas durmiendo a éstas horas?
-- Te recuerdo que ayer te casabas, huiste de la boda sin dar explicación ni tomar medidas, soy el padrino, y tú llevas desde ayer con los teléfonos desconectados y sin recibir visitas. ¿Quién te crees que tuvo que ir a ayudar a tus padres a deshacer todo el lío que había montado? Me he tirado toda la noche hablando por teléfono y desconvocando una boda por sorpresa y a la carrera.
-- Oh, joder, Mitch. Lo siento, de verdad.-– Dijo Greg mientras cerraba los ojos y apoyaba la palma de la mano en la frente, a modo de disculpa.
-- No te preocupes, hombre. Tú no estabas en condiciones de hacer nada. Y pasa, que te va a ver alguien. Y ahora mismo una imagen tuya vale más que la de Brad Pitt cagando en la playa. – Mitch y su incombustible y particular sentido del humor...
El ritual al entrar en casa de Mitch llevaba muchos años siendo el mismo: zapatos junto a la puerta, parada en la nevera para coger una cerveza o una cola (depende de la hora), recorrido hacia el salón de ornamentación puramente oriental y sentarse en el suelo mientras él ponía algo de música, por lo general, tranquila (también dependía de la hora y del momento, claro) En este caso puso un grupo de género indescriptible para Greg. Al ver su cara de extrañeza, Mitch se apresuró a aclarar:
-- Sí, suena raro, ¿eh? Son “Herman Düne”. Un grupo de pop europeo que está mezclado, creo, con algo de country. Lo descubrí por casualidad la semana pasada dando vueltas por Internet y me llamó la atención. Ya sé que no es mi estilo de música, pero me resulta curioso. Éste tema me da muy buen rollo. Se llama “1,2,3 apple tree”.
“Pues bueno”, parecía decir la cara de Greg, que ya se había sentado en el suelo con una cerveza en la mano. Mitch tenía la suya sin abrir junto al equipo de música, donde también estaba de pie, hablando con Greg. Y preguntó con un movimiento de cabeza y hombros “¿Y bien?”
-- No está en Lakeville, tío.-— Respondió Greg rápidamente.
-- Bien, Einstein. Normal. Ésta ciudad no es tan grande como para esconderse de un marrón como el que ha liado nuestra querida amiga. Ahora hay que saber dónde coño está. Pero mira, Greg, yo te aconsejaría que pasaras del tema y...
-- Nueva York –- interrumpió Greg.
-- ... ¿cómo?
-- Está en Nueva York. Estoy seguro. No me preguntes porqué, pero lo sé. Lo he sabido hace media hora en mi casa, mirando al techo.
-- A ver, Greg. Mirando al techo puedes saber muchas cosas, como que tienes humedad en la buhardilla, o que te gustaría pintar el techo de amarillo, o que tienes una bombilla fundida... pero nada de saber dónde se esconde la chica con la que ibas a casarte veinticuatro horas antes y que ha desaparecido. Eso no lo pone en el techo de tu casa, Greg.— Mitch parecía bastante seguro y elocuente con sus palabras. Pero Greg estaba bastante decidido.
Se levantó, le dio un trago a la cerveza, la dejó junto a la de Mitch, le dio un beso en la frente y se encaminó hacia la puerta, donde estaban sus zapatos.
-- Lo sé.-— Dijo mientras se ponía los zapatos y abría la puerta.
-- ¡No me jodas!-- Contestó Mitch, por una parte porque no podía creerse que fuera a buscarla a Nueva York por una simple corazonada mirando el techo, y por otro lado porque sabía que quedaba mucho por hacer en lo del asunto de la boda y no quería hacerlo él sólo. Vio a Greg subirse en su coche mientras le dedicaba una melancólica sonrisa y decía adiós con la mano, y Mitch sólo pudo decir, muy bajito, casi imperceptible, para sí mismo.-— Buena suerte, colega.
* * * *
“People” de Barbra Streisand, sonaba en el equipo de música de Robbie. Él había empezado a bailarla, pero al poco se sorprendió, simplemente, haciendo el playback sentado en el suelo abrazándose las rodillas, con la espalda apoyada en la pared y llorando.
Robbie no era el típico gay seguidor acérrimo de la Streisand, pero sí que a veces creía que vivía en un musical, y que hacer el playback de alguna canción, en un momento dado, si era la canción adecuada, podría regular y optimizar cualquier estado de ánimo. Y en ese momento sonó el timbre del telefonillo. “Abre, maricón.” Inconfundible; era Carol. A los dos minutos ya estaba el torbellino invadiendo el pequeño apartamento de Robbie, y contrastaba mucho con la música de fondo, que era el “Tell him” de Barbra y Celine Dion. Carol cambió inmediatamente el CD alegando: “Maricón, pero si hemos odiado a las dos a muerte siempre toda nuestra vida”
A veces a Robbie le daba la impresión de que Carol no era ni hombre ni mujer. Era, simplemente, un maricón más. Ese género que había llegado a ser independiente. Y justo cuando estaba cambiando a Vonda Shepard, Carol miró extrañada a Robbie a la cara y dijo:
-- No jodas. ¿Has estado llorando? ¿Y eso?
-- ¿Y a ti quién te ha dicho que he estado llorando? A ver, ¿por qué iba yo a llorar?
-- Hombre, pues no sé, pero tienes los ojos como tomates y estaba puesta Barbra Streisand. Ya me contarás. Blanco y en botella. ¿Qué coño te pasa ahora?
-- Ay... Me has pillado. Pues lo de siempre.
-- ¿Curt? ¿Todavía? ¡Venga ya!
-- ¡No! Bueno, sí. Todo ha empezado con otro, pero se resume a lo mismo. Parece que llevo un repelente de novios. Como los de mosquitos, pero con hombres.-– Robbie cayó en la cuenta de que Carol le estaba escuchando sólo a medias y decidió dejar de contarle nada, porque era como explicarle el método de Descartes a una niña de tres años.-- ¿Qué pasa?
-- ¡Joder! Creí que no ibas a preguntármelo en la vida. Me parecía mal contártelo directamente, viendo que tú también tienes algo que contar, pero no te preocupes. Ya verás cómo ésta noticia también te sube los ánimos.
-- Lo que yo necesito que me suban es otra cosa...
-- No seas vulgar, coño, y escucha, que esto es una bomba. Siéntate.— Dijo segurísima, y sentó a Robbie lentamente en el sillón.-- ¿Te acuerdas del Highway Dance Project?
-- ¿La beca aquella extraña de Nueva York? Sí, pero aquello lo solicitamos hace dos meses y decía que si no respondían en cinco semanas es que estábamos fuera del proyecto.
-- Quince.— Contestó Carol inmediatamente después de sacudir con fuerza la cabeza.— Quince semanas.—Y acto seguido abrió el bolso y sacó dos cartas.—Me he tomado la libertad de abrir tu buzón, que sigue roto, coger tu carta, y cometer un delito federal.
Llegado a éste punto, Robbie ya estaba en éxtasis.
-- ¡Me da lo mismo, como si matas a mi madre,--gritó—pero léeme esa mierda ya!
Carol no pudo reprimir una risita al oír ese tono de desesperación exagerada que siempre ponía él cuando algo le emocionaba. Y le dio la gran noticia, mientras Robbie se hacía cada vez más alto, hasta el punto de que ya estaba de pie, de puntillas, sobre el respaldo del sillón. Casi tocaba el techo con la cabeza, y eso que el apartamento era de los de techos altos, a pesar de tener menos de cuarenta metros cuadrados.
Hubo un breve silencio en el que los dos tenían los ojos como platos, además de a punto de convertirse en una catarata y después, preguntó muy bajito:
-- ¿Los dos?
Carol asintió con la cabeza a la vez que se le escapaba una lágrima y se le alargaba la sonrisa. Acto seguido, comenzó un ajetreo de gritos, hurras, saltos, giros, abrazos, llantos, y Robbie corrió al equipo y puso “I will survive” de Gloria Gaynor a tope.
En ese mismo momento vieron cómo las luces de la entrada se encendían y apagaban constantemente. Miraron hacia la puerta y vieron a Joe de pie con la mano en el interruptor y una expresión que denotaba una mezcla entre sorpresa e indignación, con un toque de ironía. Evidentemente, la parte de indignación era falsa.
-- Muy bien. No se os puede dejar solos, joder, que montáis fiestas a cualquier hora. Y además no pensabais invitarme, por lo que veo.— Miró directamente a Robbie.-- Y venía a preguntarte qué tal estabas pero, a no ser que esto sea una terapia, pues veo que bien, ¿no?
Robbie, con la espontaneidad que le caracterizaba, se le echó encima con las piernas rodeando la cintura de Joe, en modo koala, como les gustaba llamarlo, y le dio un beso en los labios.
-- Ya sé que no te gusta que te haga eso, pero me ha dado la gana. ¡Me voy a Nueva York con Carol!
-- ¿Otro casting? ¿Y para eso tanto alboroto?
-- ¿Qué casting ni qué niño muerto? Ya hemos hecho todos los que teníamos que hacer.—Interrumpió Carol—Nos vamos a vivir, a trabajar, ¡a bailar!
-- ¿Cómo?—Joe no se lo podía creer.
-- ¡Sí!—gritó Robbie mientras se descolgaba de Joe—Nos han aceptado en el HDP, ¿recuerdas?
Joe lo recordaba perfectamente, porque les había acompañado a uno de los castings a Nueva York y les había ayudado con todo el papeleo y los impresos. De algo tenía que servirles tener un amigo administrativo. Y se alegró de que al fin fuese a cumplirse el sueño de sus dos mejores amigos, aunque no le hizo tanta gracia tener que quedarse sin sus dos mayores apoyos en Lakeville. Sentía que se estaba rompiendo algo en el esquema de su vida cotidiana... pero aun así estaba casi tan contento como ellos, y la fiesta se prolongó hasta la noche.
Al día siguiente, Carol y Robbie se levantaron temprano, a la par que destruidos. Tenían demasiadas cosas que preparar para su partida a Nueva York. La carta y la posterior llamada esa misma tarde lo dijeron bien claro. Les quedaban sólo cuatro días para cambiar de vida radicalmente.
Una nueva vida en una nueva ciudad. La ciudad por excelencia.
viernes, 16 de mayo de 2008
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