Se acercaba la hora del almuerzo y estaba bastante contenta. Ese día había recaudado bastante vendiendo pulseras y pendientes junto a una de las fuentes del parque. La mayoría, a parejas de jovencitos, adolescentes casi todos, que no tenían dinero para permitirse regalos en condiciones o que les parecía más romántico lo artesanal del producto. Le daba igual. A Ida lo único que le importaba era que había sacado 17 pavos esa mañana en menos de tres horas sin moverse del sitio, y aún le quedaba material para seguir trabajando después de comer. Porque una cosa estaba clara en la mente y el estómago de Ida: Iba a comer enseguida.
Recogió sus cosas, se echó la mochila a la espalda, una espalda algo maltrecha pero aún resistente, y se marchó dirección al puesto de perritos calientes.
Por el camino le gustaba, normalmente, pararse a mirar cosas. Cosas sin significado aparente, como las que solía ver. Sobretodo a gente, e inventarse sus historias. Un señor paseando con su esposa y su niña pequeña podía convertirse en su mente en un asesino en serie con una vida ejemplar cara a la galería, o una jovencita haciendo footing podía ser bailarina de streapteasse de noche en cualquier antro, o un joven fumando porros en un banco apartado de la multitud podía ser, el resto de la semana un broker millonario. No era tan descabellada toda ésta verborrea mental. Ya había visto transformaciones similares en todos los años que llevaba en la calle, observando, como la cámara de seguridad vieja de la que los guardas se han olvidado y que nunca revisan, pero que sigue grabando.
En su camino hacia el sempiterno puesto de perritos calientes, pudo oír algo. No lo vio, lo oyó, que era otra cosa que a Ida también se le daba bastante bien. Oyó sollozos y, aunque por lo general no se hubiese parado a comprobar su procedencia, ésta sí lo hizo. Por una mezcla de aburrimiento y curiosidad que no solía darse en el comportamiento de Ida, pero que de vez en cuando afloraba.
Siguió el sonido de los sollozos y llegó justo debajo de un puentecito de los muchos que había por esa zona “como sea otro mendigo me largo” pensó. Pero la verdad es que no lo parecía. Era una chica joven, bastante guapa. Ella pareció oír cómo Ida se había acercado porque levantó su empapada mirada hacia la mendiga y, durante un rato, un corto espacio de tiempo, se quedaron mirando la una a la otra en medio de un marco bucólico y una situación ridícula.
-- Eh... Lo siento, ya me voy. Sólo pasaba...
-- ¡No! No se vaya por favor. La verdad es que necesito hablar con alguien.
-- Ya, pero no es lo que yo necesito. La que, evidentemente necesitas hablar con alguien eres tú. Yo no tengo nada que ver. Lo siento, adiós.
-- De verdad, espere. Llevo horas aquí y no he parado de llorar...
-- ¿De veras? ¿Quién lo diría? – Contestó Ida, o más bien su sarcasmo, sin dejar de darse la vuelta – me voy.
-- No. No quiero que se vaya. Quiero que alguien me escuche. Por el amor de Dios, ¡¿es que no va a pararse, joder?!
Ida frenó. Se dio la vuelta lentamente con los labios apretados y los ojos entornados y miró a la chica directamente a los ojos (cosa que no solía hacer) y con el dedo levantado (cosa que hacía bastante a menudo) y replicó de manera clara, lenta y amenazadora.
-- No sé quién eres, ni de dónde vienes, ni adónde vas, nada de nada. Y por eso mismo no te trato de ninguna manera, cuanto menos en ese tono, porque aunque sea una mendiga merezco todo el respeto que tu puñetera cabeza enferma ni siquiera puede llegar a imaginar. ¡Buenos días!
-- Disculpe. – La chica se había quedado perpleja.
Mientras Ida se daba la vuelta y continuaba su camino, la chica intentó balbucear algo más, pero no le dio tiempo. La vista se le nubló y cayó desvanecida en un charco que había bajo el puentecito de madera.
Ida lo oyó, se dio la vuelta y pronunció un leve “mierda” que anunciaba que, quisiera o no, iba a ayudarla.
* * * *
Esbozó una media sonrisa al ver lo que las noticias habían dicho acerca de su trabajo. No una carcajada; hacía demasiado tiempo que se había olvidad de cómo sonaba su propia risa. Puede incluso que la última hubiese sido cuando le cambiase la voz.
Según la presentadora de informativos, se trataba de un ajuste de cuentas por parte, “presuntamente” (mágico término expiatorio), de una banda de la mafia rusa con la que el cabeza de familia había mantenido contactos y negocios fallidos. Lo cual, evidentemente era mentira, pero nadie se atrevería a contradecir esa verdad. En cuanto la mafia rusa comenzase a investigar para saber quién estaba detrás de esos asesinatos y les estaba cargando el muerto, se toparían de bruces con la punta del iceberg de la verdad más aterradora, y eso sería más que suficiente para cerrar cualquier boca.
Después, TM cambió de cadena, pero apagó rápido la tv. No la usaba más allá que para ver lo que decían las noticias sobre los trabajos que le encargaban y para pasar el rato durante las comidas en su tosco apartamento de Prospect Palce, y ya había terminado de cenar.
TM tenía muy pocas aficiones. De hecho, se podía decir que sólo tenía una. Escuchar jazz en directo. El jazz no era un estilo de música que a TM le gustara escuchar en un cd en la soledad de su apartamento, ni mucho menos para divertirse. Sólo le gustaba escucharlo en directo, y él sabía de muchos lugares en Manhattan en los que era más que posible darse ese caprichito por un precio razonable.
Salió del apartamento y caminó unos diez minutos hasta la boca de metro más cercana. Mientras cogía el tren, recordó cuando hace años comenzó con esto. Uno de sus mayores problemas no era la conciencia ni ninguna de esas mierdas. Sólo se planteaba si era mejor vivir en el mismo Nueva York o en las afueras, en la periferia como muy cerca. En definitiva, cuál era la mejor forma de burlar las investigaciones de la policía, ya que viviendo fuera tendrían que ir más lejos para buscar, pero Nueva York es una ciudad lo suficientemente grande como para perderte cien veces al día sin dejar ni rastro... si sabes bien cómo hacerlo. Finalmente se dio cuenta de que no tenía porqué preocuparse de ese tipo de cosas, ya que la misma organización lo haría por él. Daba gusto trabajar para auténticos profesionales. Era como jugar en primera división.
En poco más de media hora se encontraba ya ante la puerta del tugurio elegido. El sitio no era el bar del Ritz, precisamente, pero no le importaba. Sólo quería una cerveza de importación y una buena sesión de Jazz en directo. Traspasó las puertas de madera y caminó sobre la moqueta verde hasta una especie de balconcito o platea medio metro elevado en el que le encantaba ponerse, cerca del escenario, que estaba situado justo al lado de la puerta. Era curioso, porque en la mayoría de sitios, el escenario está más o menos al fondo, pero en éste caso, el escenario se encontraba nada más entrar a la derecha, y el sitio de TM, nada más entrar a la izquierda. La barra un poco más adelante a la derecha, un espacioso salón al final y, poco antes de llegar al espacioso salón, a la izquierda, la puerta de los servicios, que también daba al pasillo que daba acceso a los reservados.
El cuarteto ya había empezado a tocar “Alabama”, un tema que no era especialmente del agrado de TM, pero que no le disgustaba lo más mínimo. Al poco tiempo sonó el móvil. Una agitación proveniente del fastidio recorrió sus venas, arterias y capilares, como una marea de rabia asesina controlada y licuada por sus vías sanguíneas para no mandarlo todo a tomar por el mismísimo culo. Otra reunión para otro trabajito urgente.
Y pensó: “Joder, uno ya no puede ni esparcirse tranquilo, para una afición que tengo”. Y, sin más, se levantó, pagó su cerveza dejando una discreta propina, y se dirigió hacia la puerta camino de la dirección en la que le esperaba el contacto.
“Otra noche será”
jueves, 6 de noviembre de 2008
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