jueves, 19 de marzo de 2009

UNA RAZÓN (C7)

UNA RAZÓN (C7)

Alguien había visto algo que no tenía que haber visto. Así de simple. Una persona en un lugar equivocado. Un error. Y los errores son como manchas que hay que limpiar. Esa era la única razón, y suficiente, para que un conciliábulo oculto decidiese acabar con la existencia de un ser humano. Pero no nos engañemos. A TM no es algo que le atormentase.

Fumaba. Lo hacía de vez en cuando. En aquel bareto de jazz del que lo habían sacado lo estaba haciendo, y no consideró necesario variar esa pequeña rutina. Tenía toda la información. Le había llegado de la manera convenida minutos antes. En ésta ocasión todo parecía ir un poco más rápido que de costumbre. Imaginaba que la organización tendría prisa por liquidar pronto éste trabajo. Le había sido entregada una nota en un parque cualquiera, que después tuvo que quemar en un callejón. Una descripción, una hora y un lugar. Escueto, pero realmente no necesitaba más.

Fumaba apoyado en la pared, y decidió hacerse el borracho. Como si estuviese esperando a que se le pasase la cogorza. Así al menos no levantaría sospechas. Por supuesto el material estaba ya preparado… pero la canción no aparecía. ¿Dónde se habría metido? El objetivo estaba a punto de llegar, pero el hilo musical que solía acompañarle en éste tramo de sus trabajos no aparecía. Se veía perfectamente capaz de hacerlo sin la canción, pero le reconfortaba tenerla ahí, inundando la atmósfera. A veces se había plateado si era una especie de redención, o de distracción para no cuestionar la dudosa moralidad de sus actos. Bueno, al fin y al cabo, eso lo pensaba muy poco y sólo era una mera hipótesis, y detenerse en ello más de la cuenta podría resultar una distracción de vital importancia.

Pasos. Ahí está. O no, quién sabe. Pasos a ritmo. Y el ritmo creó el milagro. El ritmo del prisionero libre, y anónimo que se dirige a un patíbulo desconocido, frío. Ese ritmo hizo surgir la canción en su cabeza y en su pecho. Mandaba cojones. Era una canción sin letra, de Jaques Satie. El hecho y su discordancia le arrancaron hasta una sonrisa… que duró apenas un segundo y medio.

Sí que era él. Encajaba con la descripción. Sólo necesitaba la señal y la confirmación. Todo lo demás estaba preparado. Al pasar por su lado, TM miró hacia el oscuro rincón pactado, recibió la señal, y se apresuró a susurrarle a la liebre:

-- Marcus.

En cuanto la presa se dio la vuelta, completamente confiado, y también un poco desconcertado por la situación de haber sido reconocido y llamado por un extraño borracho, el volumen de la pieza de Satie subió de volumen de manera apoteósica, casi apocalíptica, marcando el ritmo con el piano. Y la última tecla se convirtió en catillo, y el silencio posterior al final de una canción fue el mismo que reinó en ese callejón. Ni una palabra más. Trabajo finalizado. Vuelta a casa. A la mañana siguiente tendría que madrugar para acudir al trabajo tapadera que la organización le había conseguido para justificar ante la sociedad y los ojos y oídos hostiles los ingresos por sus verdaderas actividades.

Llegó a casa, y se metió en la ducha. Aún se sentía un poco extraño por la forma en que había aparecido una canción que sólo había escuchado una vez, hacía unos seis años, y de pasada. Y que se alejaba bastante del tipo de música que él solía escuchar. En el callejón le hizo casi sonreír pero, no sabía muy bien porqué, ya no le hacía tanta gracia. Mientras se duchaba pensó en el cuarteto de Jazz que había dejado en el “Port of New Orleans”. No, no solía volver a pensar en sus trabajos una vez realizados más allá de la anécdota. Eso lo hacía más fácil… si cabe.

Cuando salió de la ducha, inmerso en sus cavilaciones, TM se miró en el espejo, desnudo. Al darse la vuelta, como para contemplar la hermosura de su cuerpo (que la tenía, aunque era una belleza poco convencional) reparó, una vez más en la cicatriz de la parte baja de su espalda, justo donde estaba a punto de comenzar el bien llamado “culo”. Cualquiera, al verla, pensaría que era una cicatriz, pero TM sabía que se trataba de una mancha de nacimiento, y sólo lo sabía él. En ese preciso momento, la certeza se convirtió en incertidumbre y sintió temor al cuestionarse cómo podía estar tan seguro de ello.

Temor. Tenía hasta gracia.


* * * *

La encontró. Y no tuvo que rebuscar mucho, estaba delante de sus narices. Encontró la motivación. Encontró la razón que le había llevado a meterse en todo esto desde el principio, y tenía forma de edificio. La Residencia, por dentro, era la hostia. Nada más entrar había un recibidor, no muy grande, pero suficiente, y una mujer pelirroja de pelo largo y bastante rizado, con gafas también rojas y pecas sobre la nariz, los miraba sonriendo desde un mostrador. Parecía tener unos veintisiete años y estar encantadísima con su trabajo.

-- Buenos días a todos y a todas. Yo soy Vic.—Dijo el hombre de unos treinta y muchos años que les había recogido en la puerta de la nave industrial.—Soy el instructor jefe y sustituto de vuestra directora mientras no pueda ocupar su cargo. Como podéis ver, ésta es La Residencia y aquí podréis haceros amigos, departir, criticar y hasta ensayar, que falta os hará. Está preparada para todo ese tipo de actividades. La chica que veis tras el mostrador de la recepción es Hanna. Ella estará ahí para lo que necesitéis y os servirá de enlace con la organización del HDP mientras no haya nadie de nosotros. Ahora os dejaré tranquilos que exploréis y que os conozcáis. Los horarios de comidas están expuestos en aquel tablón y son inamovibles, ¿de acuerdo? Es una cuestión de disciplina. Os espero esta tarde en la nave industrial a las cinco en punto para proseguir con las pruebas de selección. Gracias y suerte a todos.

Dicho esto, Vic se fue por la misma puerta por la que entraron y, tras unos segundos de silencio inicial, aderezado con cierta tensión, comenzaron todos a hablar entre ellos. Carol ya estaba hablando con Ryan y parecían ambas bastante entusiasmadas, y ahora a Robbie no le parecía incómodo entablar amistad con nadie. Con una media sonrisa, comenzó a otear la estancia, en busca de alguna mirada cruzada que le diese un poco de confianza. Al fin y al cabo tendría que pasar con la mayoría de ellos mucho tiempo, las veinticuatro horas del día juntos. Tenía gracia, porque la situación le recordaba un poco a estar en el Rouge intentando ligar, pero la intención era bien diferente.

Buscó entre las caras, las miradas, los gestos e incluso las voces y, de repente, como vienen los puñetazos en las peleas callejeras, la sonrisa se borró. Una pesadilla. No. Esto no podía estar pasándole a él. Ricky. El desalmado al que solo conocía de una noche pero que le robó… ¿el corazón? No, la dignidad, aquella última noche en el Rouge. ¿Cuántas probabilidades había de encontrárselo otra vez en su vida si se había metido en un proyecto en Nueva York, lejos de Lakeville, que le requería aislamiento parcial?

Sintió el impulso de pellizcarse, para ver si estaba dormido, pero estaba muy claro lo despierto que estaba y lo horrible que era la realidad y la mala jugada que le tenía preparada. “Bueno”, pensó al fin, “no pasará nada. Al fin y al cabo son nos conocemos y no supone nada para mí. Peor sería que me encontrase con…”

-- Vaya, esto va a ser más difícil de lo que me imaginaba.

Vacío. Un hueco en el estómago. Sintió también un ardor tremendo en la cara y por detrás de las piernas cuando escuchó aquella voz a sus espaldas… siempre a sus espaldas, como en los viejos y oscuros tiempos. Sin emitir ningún sonido, Robbie se volvió sobre sí mismo lentamente, como si lo estuviesen encañonando con una pistola, pero con los brazos fláccidos a ambos lados del cuerpo. Como su humor, como su ánimo. Totalmente fláccido y lacio. Se le quedó mirando. No podía hacer nada más. Se le quedó mirando. El hueco en el estómago creció hasta convertirse en un agujero negro que lo estaba engullendo. Y todas éstas reacciones internas tuvieron un claro reflejo externo, y una lágrima más grande que un planeta y más brillante que una circonita surcó su cara petrificada y marmolea (por fría y blanca)

Correr. Un primer impulso, y como su cuerpo sabía que la primera impresión es la que cuenta, decidió hacerle caso y ponerse a trabajar. Corrió todo lo deprisa que pudo, llorando en silencio, hasta la puerta de salida de La Residencia. Al entrar en contacto con el “aire puro” de Nueva York, y con todo el bagaje emocional que llevaba, se puso a vomitar como un quinceañero borracho ahí mismo. Carol no tardó en aparecer menos de tres minutos, cuando ya estaba sentado con la espalda apoyada contra la pared, las piernas encogidas abrazadas por sus delgados pero fuertes brazos, y hecho un mar de lágrimas.

-- ¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado? ¿Te encuentras bien?—A la última pregunta de Carol, Robbie contestó con una mirada irónica y dura, como queriendo decir “¿crees que estoy bien?¿es éste tu concepto de estar bien?”—Ya, igual no. No me preocupes, Rob, no te dejes llevar por la ansiedad. Hemos luchado mucho para estar aquí, y nos queda aún el último tirón. Tenemos que ser fuertes. Juntos lo vamos a hacer. Juntos siempre lo hemos conseguido todo.

-- Está aquí.—Consiguió decir después de tragarse todo el miedo, la rabia y la frustración, a la vez que la saliva y los restos de vómito. Carol lo entendió. No hacía falta que dijese nada más. No entendía nada más allá, ni cómo, ni porqué, pero comprendió que Curt, el gran fantasma del pasado reciente de Robbie, y el más negro, había regresado en forma de compañero en el HDP. Carol no tuvo más opción que sentarse junto a él y abrazarlo. Abrazarlo como cuando eran pequeños, recién conocidos, y encerrados en la oscuridad del armario de Carol temían que llegase un monstruo.—Pero, ¿sabes qué?—Dijo Robbie con otra voz, casi irreconocible a juzgar por su estado segundos antes—En una cosa tienes razón. Estamos juntos y esto también lo vamos a superar juntos.

Carol le abrazó más fuerte, Robbie correspondió su abrazo, y ella derramó unas cuantas lágrimas sobre la sudadera de él. Juntos, abrazados, lloraron en el suelo, junto a la puerta de La Residencia, durante algunos minutos, poco importantes en cantidad, bastante más en espíritu. Volvieron a ser los niños de antaño, pero con razones para acabar con los monstruos, siempre juntos.

jueves, 12 de marzo de 2009

LA FUERZA DEL DESEO (c6)

LA FUERZA DEL DESEO (T1/C6)

Decepcionante. Ese era el adjetivo que se le vino a la cabeza a Robbie cuando bajó del taxi y comprobó que el edificio que correspondía a la dirección marcada por la organización del HDP era el de una nave industrial con un aspecto exterior bastante cutre. En cambio el rostro de Carol rebosaba ilusión. Ella tenía la maravillosa cualidad de sacarle el lado bueno a todas las cosas. Hubiera sido capaz de convertir el desastre del huracán Katrina en una mera llovizna si hubiera estado al frente de las labores de falsificación de informaciones que tuvieron lugar por aquel entonces.

Había varios grupos de chicos en la puerta del local, charlando entre ellos. En total no llegarían ni a veinte chavales, casi todos con edades comprendidas entre los dieciocho y los veinticinco años, edades límite para optar al proyecto. El HDP se había lanzado a convocatoria pública de bailarines y bailarinas de todo el territorio de los EEUU.
Era la mayor acción empresarial privada en cuanto a promoción artística se refería en aquel momento. Todos los bailarines de costa a costa del país habían estado hablando de ello y movilizándose para entrar desde que salió a la luz, y Robbie sabía que eso era lo único que debía importarle, pero no dejaba de pensar "¿Aquí vamos a bailar?"

En mitad de sus divagaciones, no se dio cuenta de que se había quedado solo. Carol se apresuraba, cargada de maletas y bolsos de deporte a unirse al pequeño grupo de cinco chicos que hablaban más cerca de la puerta. Con un suspiro, y cierto cosquilleo en el estómago, Robbie decidió seguirla, seguro y experimentado de que, en éste tipo de situaciones, Carol perdía todo sentido de la madurez, aunque curiosamente la que solía hacer de madre en sus vidas cotidianas era ella; una de las múltiples paradojas que orbitaban en torno a su amistad desde hacía muchos años.


-- Mira, Robbie. ya hemos hecho amigos. ¿Ves como esto no iba a ser tan complicado? Ellos son Sean, George, Will, Kevin, Ryan y Martha.-- Dijo Carol, con cierto tono encubierto de disculpas, porque sabía que lo había dejado solo a la salida del taxi, como los niños intentan dejar a los padres nada más entrar en Disneylandia.


Robbie movió la cabeza y esbozó una leve y forzada sonrisa a modo de saludo cordial. Esas cosas no le salían bien. Y después añadió:


-- Bueno, yo lo que quiero es saber de qué va a ir todo esto y ponernos a bailar después.

-- Como podéis ver, mi compañero es la viva imagen de la alegría y la educación.

-- Es normal.-- Contestó Ryan tras una pequeña carcajada-- Todos estamos un poco nerviosos. Esto es demasiado nuevo.

-- Bueno, no se refiere al edificio, claro. ¿Verdad, Robbie?-- El comentario del tal Will pretendía ser amistoso, pero a Robbie le hizo tanta gracia como si le aplicaran descargas eléctricas en un testículo.


Debió de notarse mucho, porque Carol cogió a Robbie del brazo, lo apartó del grupo y le increpó en voz baja:


-- ¿Se puede saber qué coño te pasa?

-- ¿Qué le pasa a ese? ¿Se cree que está en un show de monólogos? ¿O que es mi amigo de toda la vida? No le debo nada a nadie, ¿sabes?

-- Si has venido para estar con esa cara y esa actitud los dos meses que dura esto, ya sabes lo que tienes que hacer, porque hay millones de chicos y chicas que se han quedado fuera para que tú puedas venir y mearte en todo esto.

-- No es eso. Es sólo que... mira. Parece que en vez de ponernos a bailar nos van a poner a coser balones y zapatillas deportivas.


Carol no tuvo tiempo de contestar. Se abrió la enorme puerta metálica y apareció un señor con pantalones vaqueros y camiseta azul marino del HDP que les indicó a todos que podían pasar. Después fue engullido por la penumbra. Carol tenía un brillo en los ojos que sólo aparecía contadas veces en su mirada, y que conseguía iluminar, no sólo su cara, sino toda su presencia. A decir verdad, y aunque le costase admitirlo, a Robbie también le embargó un cierto deseo de ilusión. Y más aún, toda la incertidumbre que rodeaba al proyecto, el sitio, los compañeros, hacía que su deseo estuviese todavía más vivo.

Durante el tiempo que tardaron en abrir la puerta y la conversación con los compañeros, habían ido llegando más chicos y chicas. Esto les mosqueaba a todos un poco, porque se suponía que el proyecto sólo acogería a dieciocho bailarines, a los cuales, además de una meticulosa formación en todas las áreas de la danza, se les daría la oportunidad de entrar con garantías, recomendaciones y todos los honores en el mundo laboral; en el mercado artístico. Y eso, tratándose de una ciudad como Nueva York, eran palabras mayores. En esa nave había como unos cincuenta chavales con pinta de haber acudido a lo mismo y a nadie le salían las cuentas. Había focos en el techo, en una especie de peine bastante bien montado. En las paredes había todo tipo de carteles: "vestuarios" "salas de ensayo" "cafetería" "oficinas", etc. A Robbie le costaba creer que todo eso estuviese por allí, pero tenía que reconocer que el sitio parecía mucho más pequeño por dentro. Y mucho mejor montado. Alrededor del espacio diáfano del centro había dispuesto un graderío con una capacidad aproximada de unos ciento cincuenta espectadores. Nadie le había dicho que tuviesen que bailar con público, pero eso era algo que, en realidad, le gustaba aún más.


-- Buenos días aspirantes. Mi nombre es Hellen Steinberg.-- La voz sonó como de la nada, pero se dieron cuenta al poco, cuando consiguieron callarse al fin, de que venía de los altavoces que había dispuestos por todos los rincones.-- No miréis a los altavoces. No estoy dentro. Mirad a la parte superior de la puerta por la que habéis entrado. Eso es. Parece que nadie se había percatado de que hay una pasarela aquí, ¿verdad? Pues aquí estoy.-- Hellen era una mujer muy rubia, con los ojos celestes, altísima y delgada, y el pelo corto. Tan corto que se hubiese podido confundir con un chico si no fuese porque también tenía un buen par de tetas. A Robbie le pareció que contaba con unos cuarenta años, pero muy bien llevados.-- Me reconoceréis por las pruebas de selección. Soy la directora del proyecto y os quiero dar la bienvenida. Los que aguantéis, será aquí donde pasaréis la mayor parte del día durante al menos dos meses. Ahora sois cincuenta y siete y os vais a poner a bailar, porque cuando toque a alguien quiero que, sin rechistar, coja sus cosas y se largue. El objetivo es tener a treinta y seis cuando pare la música.


-- Pero, ¿cuánto...?


-- El que diga una palabra más será el primero en irse sin bailar siquiera. Música.


Y comenzó a sonar "What a feelin'" Todo el mundo intentó arrinconar sus maletas en las paredes y ponerse a bailar lo más rápido posible. A lo largo de veinte interminables minutos de música dance, clásica, funky e incluso hip-hop, habían bailado frenéticamente y no se habían preocupado de otra cosa. A Carol le recordó al segundo casting, cuando los pusieron a bailar en grupos de cinco alrededor de un coche de manera improvisada. Efectivamente, sólo quedaban treinta y seis, y se abrazaron y felicitaron los unos a los otros al comprobar que habían sido seleccionados.


-- Me alegra que estéis contentos, aunque mi cara diga lo contrario, ¿vale?. --Hubo risas tras el comentario de Hellen Steinberg-- No era un chiste. Ahora podéis coger vuestras cosas. En la puerta del local os espera alguien que os llevará hasta la residencia en la que viviréis durante los próximos dos meses. Bueno, muchos de vosotros menos, no nos engañemos. Buenos días y hasta que nos volvamos a ver.-- La Steinberg desapareció por la puerta que daba a las oficinas y la enorme puerta metálica de salida se abrió, dejándolos a todos un poco cegados por la luz del sol, que entró de manera tan repentina. Aunque desde hacía más de media hora todo estaba siendo bastante repentino e inesperado... y eso era algo que les estaba gustando a todos, como se reflejaba en sus caras.


A la salida del local había un hombre de unos treinta y pocos años que les condujo a la parte trasera de la nave industrial donde había un edificio bastante más cuidado:
La residencia. Carol y Robbie ardían en deseos de entrar. No en la residencia, sino de entrar en todo lo que esto significaba. Y querían hacerlo ya.


* * * * * *

Se sentía demasiado rara. Definitivamente, ese no era su sitio. Y no es que tuviera ningún sitio, porque Ida ya hacía mucho tiempo que había dejado de tener ningún lugar.
Pero en el espectro de localizaciones en las que solía moverse desde hacía muchos años, no entraba una cafetería, al menos para sentarse con una chica a tomar tranquilamente un
café, como una burguesa cualquiera. La muchacha en cuestión, la desconocida de Central Park, estaba delante suya, dándole tantas vueltas a su té con la cucharilla que Ida hubiera
jurado que la infusión iba a ponerse a vomitar del mareo de un momento a otro. De hecho, el tintineo de la cuchara con la taza estaba empezando a ponerla bastante nerviosa.

-- Para ya, niña, que pareces un coche de caballos con tanta campanilla. Si no te tomas el té enseguida te va a suplicar él mismo que lo hagas.

-- Lo siento.-- Replicó la chica algo avergonzada.

-- Y para de eso también. Me has pedido perdón en la última media hora como doce veces por doce tonterías diferentes. No necesito tantas explicaciones. Mírame ¿Crees que soy de las personas que puedan pedir explicaciones?

-- Puede que todo el mundo se merezca una explicación.-- Y, como si esto hubiese hecho saltar un resorte, la muchacha comenzó a llorar en silencio.


Ida suspiró, puso los ojos en blanco y después se le quedó mirando, como esperando a que parase de llover. En realidad, lo que estaba pensando distaba mucho de una cuestión meteorológica. Ida no sabía quién era esa chica, ni qué la había llevado a deambular por Central Park, ni porqué le había pedido ayuda, ni qué tipo de ayuda esperaría de una mendiga de su edad (dudaba que hubiese montado todo ese pollo para sacarle una pulsera y unos pendientes gratis), ni siquiera de porqué la había llevado a un café en el que llevaban unos diez minutos sentadas una frente a la otra sin pronunciar apenas ninguna palabra. Al menos lo que parecía claro es que necesitaba hablar, pero entonces ¿por qué no decía nada? Y lo más inquietante para Ida, ¿porqué no se había levantado ya y la había dejado sola mareando el té con la cucharilla?

-- ¿Le has hecho daño a alguien, chica? ¿Drogas? ¿Has matado a tu marido porque te pegaba? ¿Huyes de la policía? ¿De la mafia? Ah, no. ¿Te prostituíste anoche por primera vez y te sientes sucia? Pues vaya problema... Mira, sea lo que sea, no tienes porqué darle explicaciones a nadie. Así de simple. Tu vida es tuya.

-- Pero cuando implica a los demás...

-- Sigue siendo su vida y que la solucione como pueda, que tú sigues con la tuya.


La chica le dió su primer sorbo al té y se quedó pensando. Después miró a Ida directamente a los ojos, como hacía más de media hora que no hacía.


-- Está frío.-- Dijo tras un silencio que podía haber precedido a la confesión del gran secreto del mundo, pero que acabó en esa trivialidad aparentemente sin ninguna
importancia.

-- No te jode... Pues claro.

-- No tengo amigos aquí.

-- Qué coincidencia...

-- Me refiero aquí en Nueva York. Llevo poco tiempo. Bueno, y creo que tampoco los tengo en ningún otro sitio.

-- Pero, ¿tú crees que es lo más normal buscarlos debajo de un puente del parque más grande de la ciudad? La gente, para hacer amigos, se va a los bares, o a... – Ida cayó en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no sabía como podía una persona corriente hacer amigos. Cómo se tejía ese entramado de relaciones que van surgiendo poco a poco como de la nada y por casualidad, y que acaban convirtiéndose en parte de la vida de ambas personas, o de un grupo. Recordó lo importante que era la amistad para las personas corrientes... y por lo tanto se dio cuenta una vez más de lo poco corriente que era ahora ella. No tenía amigos ni los necesitaba. Eso, cuando tu único objetivo es despertar una mañana más, pasa a un plano mucho más secundario. Queda enterrado en los recuerdos como un trapo viejo al fondo del armario. -- Vuelve a casa y relájate, chiquilla. Verás como durmiendo un poco lo ves todo de otra forma. Y si no, pues sigue adelante con lo que tengas, que seguro que pase lo que pase hay cosas peores.


-- No tengo casa aquí.

-- No me digas que has venido buscándome para que te haga un hueco social entre los mendigos de Nueva York, porque eso ya sería la monda.

-- No hace falta que seas irónica.

-- Me importa poco si hace falta o no. Lo soy, y punto.


La chica abrió la boca como para esbozar una disculpa, pero Ida levantó el dedo sin nisiquiera mirarla con un gesto que dejaba entreleer la frase "ni se te ocurra".


-- Bueno, ¿dónde has pasado la noche y dónde piensas pasarla?-- Dijo Ida, a sabiendas de que se estaba arrepintiendo de su acceso de curiosidad en el mismo momento de pronunciar esas palabras.

-- Llegué hace dos noches a una pensión, aquí en Manhattan.

-- Bueno, eso es un cierto alivio.

-- ¿Sí?

-- Al menos para mí sí. Así ya sé que no tengo que cargar contigo como un perro abandonado en la cuneta de la carretera.

-- No tienes porqué hacerlo. Hablas como si te hubiese pedido que me salvases la vida o estuvieras en deuda conmigo. No tienes ni que estar aquí sentada conmigo si no quieres.

-- Creí que no lo ibas a decir nunca. Que te vaya bien.-- Y así Ida se levantó y dejó un par de monedas (de las pocas que tenía) encima de la mesa.

-- ¡No! ¡Espera! ¡Espera por favor!-- Ida seguía caminando hacia la puerta del café.-- No me hagas caso. Lo he dicho sin pensar.-- Se encontraban ya en la calle.-- te pediría perdón, pero sé que te iba a gustar aún menos.-- Mientras andaban, Ida había asentido con la cabeza a esa afirmación, siempre dos pasos por delante de la muchacha desconocida.-- ¡Maldita sea! ¡¿Es que nadie va a ayudarme?!

-- Mira.-- Dijo lentamente Ida mientras se paraba en seco y se volvía hacia la chica.-- Es la segunda vez en una hora que me gritas, y hay mucha gente en ésta jodida ciudad que sólo ha tenido oportunidad de hacérmelo una vez en su vida. Tú llevas dos en una mañana. Si crees que tienes mala suerte piensa en ello y siéntete afortunada.—La chica la miró sin saber bien qué contestar.-- Ahora sí.-- Respondió Ida como leyéndole la mente.

-- Ah, bien. Pues lo siento mucho.


Se quedaron mirando y, mientras la chica soltó una tímida risa nerviosa, Ida rompió en sonoras carcajadas.


-- ¿Me acompañarás a la pensión? No quiero estar sola ahora mismo. Te pagaré.-- Se apresuró a decir la chica.

-- Empezamos a entendernos, ¿sabes? Porque en el tiempo que llevo perdido contigo podría haber ganado dinero, ¿sabes? De cualquier manera.

-- Y, ¿tú no tienes deseos? ¿Aspiraciones?

-- No. Aquí abajo, en el fondo de la mierda, no hay lugar para eso. Eso es para los que tienen alguna posibilidad. Aquí sólo existe la posibilidad de seguir malviviendo.

-- Eso nunca se sabe. La vida da muchas vueltas, como suele decirse.

-- Permíteme que lo dude, Candy Candy. ¿Por dónde queda la pensión?

-- Por aquí.


Y comenzaron a andar por las calles de Manhattan, seguras de haber comenzado algo. No sabían el qué, pero algo. Ese día, desde ese preciso momento, sería una efeméride en la historia de ambas.