jueves, 12 de marzo de 2009

LA FUERZA DEL DESEO (c6)

LA FUERZA DEL DESEO (T1/C6)

Decepcionante. Ese era el adjetivo que se le vino a la cabeza a Robbie cuando bajó del taxi y comprobó que el edificio que correspondía a la dirección marcada por la organización del HDP era el de una nave industrial con un aspecto exterior bastante cutre. En cambio el rostro de Carol rebosaba ilusión. Ella tenía la maravillosa cualidad de sacarle el lado bueno a todas las cosas. Hubiera sido capaz de convertir el desastre del huracán Katrina en una mera llovizna si hubiera estado al frente de las labores de falsificación de informaciones que tuvieron lugar por aquel entonces.

Había varios grupos de chicos en la puerta del local, charlando entre ellos. En total no llegarían ni a veinte chavales, casi todos con edades comprendidas entre los dieciocho y los veinticinco años, edades límite para optar al proyecto. El HDP se había lanzado a convocatoria pública de bailarines y bailarinas de todo el territorio de los EEUU.
Era la mayor acción empresarial privada en cuanto a promoción artística se refería en aquel momento. Todos los bailarines de costa a costa del país habían estado hablando de ello y movilizándose para entrar desde que salió a la luz, y Robbie sabía que eso era lo único que debía importarle, pero no dejaba de pensar "¿Aquí vamos a bailar?"

En mitad de sus divagaciones, no se dio cuenta de que se había quedado solo. Carol se apresuraba, cargada de maletas y bolsos de deporte a unirse al pequeño grupo de cinco chicos que hablaban más cerca de la puerta. Con un suspiro, y cierto cosquilleo en el estómago, Robbie decidió seguirla, seguro y experimentado de que, en éste tipo de situaciones, Carol perdía todo sentido de la madurez, aunque curiosamente la que solía hacer de madre en sus vidas cotidianas era ella; una de las múltiples paradojas que orbitaban en torno a su amistad desde hacía muchos años.


-- Mira, Robbie. ya hemos hecho amigos. ¿Ves como esto no iba a ser tan complicado? Ellos son Sean, George, Will, Kevin, Ryan y Martha.-- Dijo Carol, con cierto tono encubierto de disculpas, porque sabía que lo había dejado solo a la salida del taxi, como los niños intentan dejar a los padres nada más entrar en Disneylandia.


Robbie movió la cabeza y esbozó una leve y forzada sonrisa a modo de saludo cordial. Esas cosas no le salían bien. Y después añadió:


-- Bueno, yo lo que quiero es saber de qué va a ir todo esto y ponernos a bailar después.

-- Como podéis ver, mi compañero es la viva imagen de la alegría y la educación.

-- Es normal.-- Contestó Ryan tras una pequeña carcajada-- Todos estamos un poco nerviosos. Esto es demasiado nuevo.

-- Bueno, no se refiere al edificio, claro. ¿Verdad, Robbie?-- El comentario del tal Will pretendía ser amistoso, pero a Robbie le hizo tanta gracia como si le aplicaran descargas eléctricas en un testículo.


Debió de notarse mucho, porque Carol cogió a Robbie del brazo, lo apartó del grupo y le increpó en voz baja:


-- ¿Se puede saber qué coño te pasa?

-- ¿Qué le pasa a ese? ¿Se cree que está en un show de monólogos? ¿O que es mi amigo de toda la vida? No le debo nada a nadie, ¿sabes?

-- Si has venido para estar con esa cara y esa actitud los dos meses que dura esto, ya sabes lo que tienes que hacer, porque hay millones de chicos y chicas que se han quedado fuera para que tú puedas venir y mearte en todo esto.

-- No es eso. Es sólo que... mira. Parece que en vez de ponernos a bailar nos van a poner a coser balones y zapatillas deportivas.


Carol no tuvo tiempo de contestar. Se abrió la enorme puerta metálica y apareció un señor con pantalones vaqueros y camiseta azul marino del HDP que les indicó a todos que podían pasar. Después fue engullido por la penumbra. Carol tenía un brillo en los ojos que sólo aparecía contadas veces en su mirada, y que conseguía iluminar, no sólo su cara, sino toda su presencia. A decir verdad, y aunque le costase admitirlo, a Robbie también le embargó un cierto deseo de ilusión. Y más aún, toda la incertidumbre que rodeaba al proyecto, el sitio, los compañeros, hacía que su deseo estuviese todavía más vivo.

Durante el tiempo que tardaron en abrir la puerta y la conversación con los compañeros, habían ido llegando más chicos y chicas. Esto les mosqueaba a todos un poco, porque se suponía que el proyecto sólo acogería a dieciocho bailarines, a los cuales, además de una meticulosa formación en todas las áreas de la danza, se les daría la oportunidad de entrar con garantías, recomendaciones y todos los honores en el mundo laboral; en el mercado artístico. Y eso, tratándose de una ciudad como Nueva York, eran palabras mayores. En esa nave había como unos cincuenta chavales con pinta de haber acudido a lo mismo y a nadie le salían las cuentas. Había focos en el techo, en una especie de peine bastante bien montado. En las paredes había todo tipo de carteles: "vestuarios" "salas de ensayo" "cafetería" "oficinas", etc. A Robbie le costaba creer que todo eso estuviese por allí, pero tenía que reconocer que el sitio parecía mucho más pequeño por dentro. Y mucho mejor montado. Alrededor del espacio diáfano del centro había dispuesto un graderío con una capacidad aproximada de unos ciento cincuenta espectadores. Nadie le había dicho que tuviesen que bailar con público, pero eso era algo que, en realidad, le gustaba aún más.


-- Buenos días aspirantes. Mi nombre es Hellen Steinberg.-- La voz sonó como de la nada, pero se dieron cuenta al poco, cuando consiguieron callarse al fin, de que venía de los altavoces que había dispuestos por todos los rincones.-- No miréis a los altavoces. No estoy dentro. Mirad a la parte superior de la puerta por la que habéis entrado. Eso es. Parece que nadie se había percatado de que hay una pasarela aquí, ¿verdad? Pues aquí estoy.-- Hellen era una mujer muy rubia, con los ojos celestes, altísima y delgada, y el pelo corto. Tan corto que se hubiese podido confundir con un chico si no fuese porque también tenía un buen par de tetas. A Robbie le pareció que contaba con unos cuarenta años, pero muy bien llevados.-- Me reconoceréis por las pruebas de selección. Soy la directora del proyecto y os quiero dar la bienvenida. Los que aguantéis, será aquí donde pasaréis la mayor parte del día durante al menos dos meses. Ahora sois cincuenta y siete y os vais a poner a bailar, porque cuando toque a alguien quiero que, sin rechistar, coja sus cosas y se largue. El objetivo es tener a treinta y seis cuando pare la música.


-- Pero, ¿cuánto...?


-- El que diga una palabra más será el primero en irse sin bailar siquiera. Música.


Y comenzó a sonar "What a feelin'" Todo el mundo intentó arrinconar sus maletas en las paredes y ponerse a bailar lo más rápido posible. A lo largo de veinte interminables minutos de música dance, clásica, funky e incluso hip-hop, habían bailado frenéticamente y no se habían preocupado de otra cosa. A Carol le recordó al segundo casting, cuando los pusieron a bailar en grupos de cinco alrededor de un coche de manera improvisada. Efectivamente, sólo quedaban treinta y seis, y se abrazaron y felicitaron los unos a los otros al comprobar que habían sido seleccionados.


-- Me alegra que estéis contentos, aunque mi cara diga lo contrario, ¿vale?. --Hubo risas tras el comentario de Hellen Steinberg-- No era un chiste. Ahora podéis coger vuestras cosas. En la puerta del local os espera alguien que os llevará hasta la residencia en la que viviréis durante los próximos dos meses. Bueno, muchos de vosotros menos, no nos engañemos. Buenos días y hasta que nos volvamos a ver.-- La Steinberg desapareció por la puerta que daba a las oficinas y la enorme puerta metálica de salida se abrió, dejándolos a todos un poco cegados por la luz del sol, que entró de manera tan repentina. Aunque desde hacía más de media hora todo estaba siendo bastante repentino e inesperado... y eso era algo que les estaba gustando a todos, como se reflejaba en sus caras.


A la salida del local había un hombre de unos treinta y pocos años que les condujo a la parte trasera de la nave industrial donde había un edificio bastante más cuidado:
La residencia. Carol y Robbie ardían en deseos de entrar. No en la residencia, sino de entrar en todo lo que esto significaba. Y querían hacerlo ya.


* * * * * *

Se sentía demasiado rara. Definitivamente, ese no era su sitio. Y no es que tuviera ningún sitio, porque Ida ya hacía mucho tiempo que había dejado de tener ningún lugar.
Pero en el espectro de localizaciones en las que solía moverse desde hacía muchos años, no entraba una cafetería, al menos para sentarse con una chica a tomar tranquilamente un
café, como una burguesa cualquiera. La muchacha en cuestión, la desconocida de Central Park, estaba delante suya, dándole tantas vueltas a su té con la cucharilla que Ida hubiera
jurado que la infusión iba a ponerse a vomitar del mareo de un momento a otro. De hecho, el tintineo de la cuchara con la taza estaba empezando a ponerla bastante nerviosa.

-- Para ya, niña, que pareces un coche de caballos con tanta campanilla. Si no te tomas el té enseguida te va a suplicar él mismo que lo hagas.

-- Lo siento.-- Replicó la chica algo avergonzada.

-- Y para de eso también. Me has pedido perdón en la última media hora como doce veces por doce tonterías diferentes. No necesito tantas explicaciones. Mírame ¿Crees que soy de las personas que puedan pedir explicaciones?

-- Puede que todo el mundo se merezca una explicación.-- Y, como si esto hubiese hecho saltar un resorte, la muchacha comenzó a llorar en silencio.


Ida suspiró, puso los ojos en blanco y después se le quedó mirando, como esperando a que parase de llover. En realidad, lo que estaba pensando distaba mucho de una cuestión meteorológica. Ida no sabía quién era esa chica, ni qué la había llevado a deambular por Central Park, ni porqué le había pedido ayuda, ni qué tipo de ayuda esperaría de una mendiga de su edad (dudaba que hubiese montado todo ese pollo para sacarle una pulsera y unos pendientes gratis), ni siquiera de porqué la había llevado a un café en el que llevaban unos diez minutos sentadas una frente a la otra sin pronunciar apenas ninguna palabra. Al menos lo que parecía claro es que necesitaba hablar, pero entonces ¿por qué no decía nada? Y lo más inquietante para Ida, ¿porqué no se había levantado ya y la había dejado sola mareando el té con la cucharilla?

-- ¿Le has hecho daño a alguien, chica? ¿Drogas? ¿Has matado a tu marido porque te pegaba? ¿Huyes de la policía? ¿De la mafia? Ah, no. ¿Te prostituíste anoche por primera vez y te sientes sucia? Pues vaya problema... Mira, sea lo que sea, no tienes porqué darle explicaciones a nadie. Así de simple. Tu vida es tuya.

-- Pero cuando implica a los demás...

-- Sigue siendo su vida y que la solucione como pueda, que tú sigues con la tuya.


La chica le dió su primer sorbo al té y se quedó pensando. Después miró a Ida directamente a los ojos, como hacía más de media hora que no hacía.


-- Está frío.-- Dijo tras un silencio que podía haber precedido a la confesión del gran secreto del mundo, pero que acabó en esa trivialidad aparentemente sin ninguna
importancia.

-- No te jode... Pues claro.

-- No tengo amigos aquí.

-- Qué coincidencia...

-- Me refiero aquí en Nueva York. Llevo poco tiempo. Bueno, y creo que tampoco los tengo en ningún otro sitio.

-- Pero, ¿tú crees que es lo más normal buscarlos debajo de un puente del parque más grande de la ciudad? La gente, para hacer amigos, se va a los bares, o a... – Ida cayó en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no sabía como podía una persona corriente hacer amigos. Cómo se tejía ese entramado de relaciones que van surgiendo poco a poco como de la nada y por casualidad, y que acaban convirtiéndose en parte de la vida de ambas personas, o de un grupo. Recordó lo importante que era la amistad para las personas corrientes... y por lo tanto se dio cuenta una vez más de lo poco corriente que era ahora ella. No tenía amigos ni los necesitaba. Eso, cuando tu único objetivo es despertar una mañana más, pasa a un plano mucho más secundario. Queda enterrado en los recuerdos como un trapo viejo al fondo del armario. -- Vuelve a casa y relájate, chiquilla. Verás como durmiendo un poco lo ves todo de otra forma. Y si no, pues sigue adelante con lo que tengas, que seguro que pase lo que pase hay cosas peores.


-- No tengo casa aquí.

-- No me digas que has venido buscándome para que te haga un hueco social entre los mendigos de Nueva York, porque eso ya sería la monda.

-- No hace falta que seas irónica.

-- Me importa poco si hace falta o no. Lo soy, y punto.


La chica abrió la boca como para esbozar una disculpa, pero Ida levantó el dedo sin nisiquiera mirarla con un gesto que dejaba entreleer la frase "ni se te ocurra".


-- Bueno, ¿dónde has pasado la noche y dónde piensas pasarla?-- Dijo Ida, a sabiendas de que se estaba arrepintiendo de su acceso de curiosidad en el mismo momento de pronunciar esas palabras.

-- Llegué hace dos noches a una pensión, aquí en Manhattan.

-- Bueno, eso es un cierto alivio.

-- ¿Sí?

-- Al menos para mí sí. Así ya sé que no tengo que cargar contigo como un perro abandonado en la cuneta de la carretera.

-- No tienes porqué hacerlo. Hablas como si te hubiese pedido que me salvases la vida o estuvieras en deuda conmigo. No tienes ni que estar aquí sentada conmigo si no quieres.

-- Creí que no lo ibas a decir nunca. Que te vaya bien.-- Y así Ida se levantó y dejó un par de monedas (de las pocas que tenía) encima de la mesa.

-- ¡No! ¡Espera! ¡Espera por favor!-- Ida seguía caminando hacia la puerta del café.-- No me hagas caso. Lo he dicho sin pensar.-- Se encontraban ya en la calle.-- te pediría perdón, pero sé que te iba a gustar aún menos.-- Mientras andaban, Ida había asentido con la cabeza a esa afirmación, siempre dos pasos por delante de la muchacha desconocida.-- ¡Maldita sea! ¡¿Es que nadie va a ayudarme?!

-- Mira.-- Dijo lentamente Ida mientras se paraba en seco y se volvía hacia la chica.-- Es la segunda vez en una hora que me gritas, y hay mucha gente en ésta jodida ciudad que sólo ha tenido oportunidad de hacérmelo una vez en su vida. Tú llevas dos en una mañana. Si crees que tienes mala suerte piensa en ello y siéntete afortunada.—La chica la miró sin saber bien qué contestar.-- Ahora sí.-- Respondió Ida como leyéndole la mente.

-- Ah, bien. Pues lo siento mucho.


Se quedaron mirando y, mientras la chica soltó una tímida risa nerviosa, Ida rompió en sonoras carcajadas.


-- ¿Me acompañarás a la pensión? No quiero estar sola ahora mismo. Te pagaré.-- Se apresuró a decir la chica.

-- Empezamos a entendernos, ¿sabes? Porque en el tiempo que llevo perdido contigo podría haber ganado dinero, ¿sabes? De cualquier manera.

-- Y, ¿tú no tienes deseos? ¿Aspiraciones?

-- No. Aquí abajo, en el fondo de la mierda, no hay lugar para eso. Eso es para los que tienen alguna posibilidad. Aquí sólo existe la posibilidad de seguir malviviendo.

-- Eso nunca se sabe. La vida da muchas vueltas, como suele decirse.

-- Permíteme que lo dude, Candy Candy. ¿Por dónde queda la pensión?

-- Por aquí.


Y comenzaron a andar por las calles de Manhattan, seguras de haber comenzado algo. No sabían el qué, pero algo. Ese día, desde ese preciso momento, sería una efeméride en la historia de ambas.

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