Alguien había visto algo que no tenía que haber visto. Así de simple. Una persona en un lugar equivocado. Un error. Y los errores son como manchas que hay que limpiar. Esa era la única razón, y suficiente, para que un conciliábulo oculto decidiese acabar con la existencia de un ser humano. Pero no nos engañemos. A TM no es algo que le atormentase.
Fumaba. Lo hacía de vez en cuando. En aquel bareto de jazz del que lo habían sacado lo estaba haciendo, y no consideró necesario variar esa pequeña rutina. Tenía toda la información. Le había llegado de la manera convenida minutos antes. En ésta ocasión todo parecía ir un poco más rápido que de costumbre. Imaginaba que la organización tendría prisa por liquidar pronto éste trabajo. Le había sido entregada una nota en un parque cualquiera, que después tuvo que quemar en un callejón. Una descripción, una hora y un lugar. Escueto, pero realmente no necesitaba más.
Fumaba apoyado en la pared, y decidió hacerse el borracho. Como si estuviese esperando a que se le pasase la cogorza. Así al menos no levantaría sospechas. Por supuesto el material estaba ya preparado… pero la canción no aparecía. ¿Dónde se habría metido? El objetivo estaba a punto de llegar, pero el hilo musical que solía acompañarle en éste tramo de sus trabajos no aparecía. Se veía perfectamente capaz de hacerlo sin la canción, pero le reconfortaba tenerla ahí, inundando la atmósfera. A veces se había plateado si era una especie de redención, o de distracción para no cuestionar la dudosa moralidad de sus actos. Bueno, al fin y al cabo, eso lo pensaba muy poco y sólo era una mera hipótesis, y detenerse en ello más de la cuenta podría resultar una distracción de vital importancia.
Pasos. Ahí está. O no, quién sabe. Pasos a ritmo. Y el ritmo creó el milagro. El ritmo del prisionero libre, y anónimo que se dirige a un patíbulo desconocido, frío. Ese ritmo hizo surgir la canción en su cabeza y en su pecho. Mandaba cojones. Era una canción sin letra, de Jaques Satie. El hecho y su discordancia le arrancaron hasta una sonrisa… que duró apenas un segundo y medio.
Sí que era él. Encajaba con la descripción. Sólo necesitaba la señal y la confirmación. Todo lo demás estaba preparado. Al pasar por su lado, TM miró hacia el oscuro rincón pactado, recibió la señal, y se apresuró a susurrarle a la liebre:
-- Marcus.
En cuanto la presa se dio la vuelta, completamente confiado, y también un poco desconcertado por la situación de haber sido reconocido y llamado por un extraño borracho, el volumen de la pieza de Satie subió de volumen de manera apoteósica, casi apocalíptica, marcando el ritmo con el piano. Y la última tecla se convirtió en catillo, y el silencio posterior al final de una canción fue el mismo que reinó en ese callejón. Ni una palabra más. Trabajo finalizado. Vuelta a casa. A la mañana siguiente tendría que madrugar para acudir al trabajo tapadera que la organización le había conseguido para justificar ante la sociedad y los ojos y oídos hostiles los ingresos por sus verdaderas actividades.
Llegó a casa, y se metió en la ducha. Aún se sentía un poco extraño por la forma en que había aparecido una canción que sólo había escuchado una vez, hacía unos seis años, y de pasada. Y que se alejaba bastante del tipo de música que él solía escuchar. En el callejón le hizo casi sonreír pero, no sabía muy bien porqué, ya no le hacía tanta gracia. Mientras se duchaba pensó en el cuarteto de Jazz que había dejado en el “Port of New Orleans”. No, no solía volver a pensar en sus trabajos una vez realizados más allá de la anécdota. Eso lo hacía más fácil… si cabe.
Cuando salió de la ducha, inmerso en sus cavilaciones, TM se miró en el espejo, desnudo. Al darse la vuelta, como para contemplar la hermosura de su cuerpo (que la tenía, aunque era una belleza poco convencional) reparó, una vez más en la cicatriz de la parte baja de su espalda, justo donde estaba a punto de comenzar el bien llamado “culo”. Cualquiera, al verla, pensaría que era una cicatriz, pero TM sabía que se trataba de una mancha de nacimiento, y sólo lo sabía él. En ese preciso momento, la certeza se convirtió en incertidumbre y sintió temor al cuestionarse cómo podía estar tan seguro de ello.
Temor. Tenía hasta gracia.
* * * *
La encontró. Y no tuvo que rebuscar mucho, estaba delante de sus narices. Encontró la motivación. Encontró la razón que le había llevado a meterse en todo esto desde el principio, y tenía forma de edificio. La Residencia, por dentro, era la hostia. Nada más entrar había un recibidor, no muy grande, pero suficiente, y una mujer pelirroja de pelo largo y bastante rizado, con gafas también rojas y pecas sobre la nariz, los miraba sonriendo desde un mostrador. Parecía tener unos veintisiete años y estar encantadísima con su trabajo.
-- Buenos días a todos y a todas. Yo soy Vic.—Dijo el hombre de unos treinta y muchos años que les había recogido en la puerta de la nave industrial.—Soy el instructor jefe y sustituto de vuestra directora mientras no pueda ocupar su cargo. Como podéis ver, ésta es La Residencia y aquí podréis haceros amigos, departir, criticar y hasta ensayar, que falta os hará. Está preparada para todo ese tipo de actividades. La chica que veis tras el mostrador de la recepción es Hanna. Ella estará ahí para lo que necesitéis y os servirá de enlace con la organización del HDP mientras no haya nadie de nosotros. Ahora os dejaré tranquilos que exploréis y que os conozcáis. Los horarios de comidas están expuestos en aquel tablón y son inamovibles, ¿de acuerdo? Es una cuestión de disciplina. Os espero esta tarde en la nave industrial a las cinco en punto para proseguir con las pruebas de selección. Gracias y suerte a todos.
Dicho esto, Vic se fue por la misma puerta por la que entraron y, tras unos segundos de silencio inicial, aderezado con cierta tensión, comenzaron todos a hablar entre ellos. Carol ya estaba hablando con Ryan y parecían ambas bastante entusiasmadas, y ahora a Robbie no le parecía incómodo entablar amistad con nadie. Con una media sonrisa, comenzó a otear la estancia, en busca de alguna mirada cruzada que le diese un poco de confianza. Al fin y al cabo tendría que pasar con la mayoría de ellos mucho tiempo, las veinticuatro horas del día juntos. Tenía gracia, porque la situación le recordaba un poco a estar en el Rouge intentando ligar, pero la intención era bien diferente.
Buscó entre las caras, las miradas, los gestos e incluso las voces y, de repente, como vienen los puñetazos en las peleas callejeras, la sonrisa se borró. Una pesadilla. No. Esto no podía estar pasándole a él. Ricky. El desalmado al que solo conocía de una noche pero que le robó… ¿el corazón? No, la dignidad, aquella última noche en el Rouge. ¿Cuántas probabilidades había de encontrárselo otra vez en su vida si se había metido en un proyecto en Nueva York, lejos de Lakeville, que le requería aislamiento parcial?
Sintió el impulso de pellizcarse, para ver si estaba dormido, pero estaba muy claro lo despierto que estaba y lo horrible que era la realidad y la mala jugada que le tenía preparada. “Bueno”, pensó al fin, “no pasará nada. Al fin y al cabo son nos conocemos y no supone nada para mí. Peor sería que me encontrase con…”
-- Vaya, esto va a ser más difícil de lo que me imaginaba.
Vacío. Un hueco en el estómago. Sintió también un ardor tremendo en la cara y por detrás de las piernas cuando escuchó aquella voz a sus espaldas… siempre a sus espaldas, como en los viejos y oscuros tiempos. Sin emitir ningún sonido, Robbie se volvió sobre sí mismo lentamente, como si lo estuviesen encañonando con una pistola, pero con los brazos fláccidos a ambos lados del cuerpo. Como su humor, como su ánimo. Totalmente fláccido y lacio. Se le quedó mirando. No podía hacer nada más. Se le quedó mirando. El hueco en el estómago creció hasta convertirse en un agujero negro que lo estaba engullendo. Y todas éstas reacciones internas tuvieron un claro reflejo externo, y una lágrima más grande que un planeta y más brillante que una circonita surcó su cara petrificada y marmolea (por fría y blanca)
Correr. Un primer impulso, y como su cuerpo sabía que la primera impresión es la que cuenta, decidió hacerle caso y ponerse a trabajar. Corrió todo lo deprisa que pudo, llorando en silencio, hasta la puerta de salida de La Residencia. Al entrar en contacto con el “aire puro” de Nueva York, y con todo el bagaje emocional que llevaba, se puso a vomitar como un quinceañero borracho ahí mismo. Carol no tardó en aparecer menos de tres minutos, cuando ya estaba sentado con la espalda apoyada contra la pared, las piernas encogidas abrazadas por sus delgados pero fuertes brazos, y hecho un mar de lágrimas.
-- ¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado? ¿Te encuentras bien?—A la última pregunta de Carol, Robbie contestó con una mirada irónica y dura, como queriendo decir “¿crees que estoy bien?¿es éste tu concepto de estar bien?”—Ya, igual no. No me preocupes, Rob, no te dejes llevar por la ansiedad. Hemos luchado mucho para estar aquí, y nos queda aún el último tirón. Tenemos que ser fuertes. Juntos lo vamos a hacer. Juntos siempre lo hemos conseguido todo.
-- Está aquí.—Consiguió decir después de tragarse todo el miedo, la rabia y la frustración, a la vez que la saliva y los restos de vómito. Carol lo entendió. No hacía falta que dijese nada más. No entendía nada más allá, ni cómo, ni porqué, pero comprendió que Curt, el gran fantasma del pasado reciente de Robbie, y el más negro, había regresado en forma de compañero en el HDP. Carol no tuvo más opción que sentarse junto a él y abrazarlo. Abrazarlo como cuando eran pequeños, recién conocidos, y encerrados en la oscuridad del armario de Carol temían que llegase un monstruo.—Pero, ¿sabes qué?—Dijo Robbie con otra voz, casi irreconocible a juzgar por su estado segundos antes—En una cosa tienes razón. Estamos juntos y esto también lo vamos a superar juntos.
Carol le abrazó más fuerte, Robbie correspondió su abrazo, y ella derramó unas cuantas lágrimas sobre la sudadera de él. Juntos, abrazados, lloraron en el suelo, junto a la puerta de La Residencia, durante algunos minutos, poco importantes en cantidad, bastante más en espíritu. Volvieron a ser los niños de antaño, pero con razones para acabar con los monstruos, siempre juntos.

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